Magia

Cuando voy a la casa de mis padres siempre desayuno de pié. Preparo un café o un zumo de naranja y una deliciosa tostada con el pan del pueblo y  empiezo el día apostada en el pretil del ancho ventanal que ilumina la cocina. Tiene algo especial esa ventana panorámica que trae hasta la calidez del viejo caserón los colores y  los olores del campo cubierto en estos días invernales de la bruma del amanecer y del velo blanquecino de las heladas de la sierra.  Justo enfrente se levanta el edificio, hoy abandonado y ruinoso, de la fábrica de harina de los Angulo en la que pasábamos las tardes de la infancia jugando entre los sacos de trigo que esperaban resignados la molienda.

Cada tarde mi padre me recordaba una de mis responsabilidades: había que llevar la nota del pan a Serrano, el administrativo que se encargaba de gestionar los pedidos del pan que vendería en la tienda al día siguiente y esa era la excusa perfecta para echar la tarde correteando por los rincones de la fábrica. Recuerdo que salía de allí con los zapatos recubiertos de una capa blanca, el polvillo de la harina que terminaba por blanquear cada poro de mi cuerpo y a veces tenía que salir de allí corriendo después de haber agotado la paciencia de Luisito Angulo cansado ya de mis travesuras. Por el patio siempre correteaban los gatos y en alguno de los rincones era frecuente encontrar un saco de papel arrugado que servía de cálido camastro  a los gatillos recién nacidos que se escondían cuando escuchaban nuestros pasos diligentes y nuestras voces chillonas.

Cuando se acercaba la Navidad, la vieja fábrica se transformaba y junto a los sacos de harina comenzaban a apilarse cajas de cartón por las que asomaban las tiras brillantes del espumillón, el papel de colores vivos y los disfraces orientales con los destellos del satén. A lo largo del los días de las vacaciones navideñas los críos del pueblo entrábamos y salíamos cientos de veces de la fábrica y dábamos cumplida nota del espectacular y rápido avance con el que se confeccionaban los tronos de sus majestades los Reyes Magos.

Mágicamente, cada cinco de enero a eso de las cinco de la tarde, las carrozas de los magos aparecían por la puerta de la fábrica de harina y por el ventanal de la cocina abierto de par en par llovían los caramelos, las cintas y los papelillos de colores. Melchor, Gaspar y Baltasar, guiados por la blanca y plateada estrella recorrían las calles del pueblo inundándolas con la generosidad de sus caramelos, el destello de los papeles de plata, las luces, las cintas temblorosas del espumillón y la fuerza sobrenatural de los magos que venían a hacer realidad nuestros deseos. Una cartera nueva para el cole, algunas muñecas, pizarras con tizas de colores, las piezas del Exín castillos, los juegos reunidos, cuentos, una bolsa de agua caliente, bombones, zapatillas de casa, cajas de rotuladores, plastilina… regalos humildes que abrían mis ojos de par en par y se preguntaban cómo leches y por dónde habían llegado los magos hasta mi habitación.

Ángela Gutiérrez

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