Celebración

Últimamente estoy muy perezosa para salir. Cuando llega el fin de semana, me arrincono en mi casa con mis libros, mis cuadernos y mis historias, agradezco que el teléfono permanezca en absoluto silencio y disfruto con una buena macedonia de frutas con yogurt y de fondo la música de Bach. Sin embargo, tengo la impresión de que esto no durará mucho porque me gusta pasear por los callejones de la ciudad, frecuentar las terrazas y las tascas y disfrutar de irrelevantes tertulias que se convierte en auténticos episodios de vida compartida hasta altas horas de la madrugada.

El día está fresco, pero tiene un aspecto primaveral; el cielo azul y limpio gracias a las lluvias de los últimos días, luce soleado e invita a echarse a la calle y la celebración en estos días de La Feria del libro antiguo es la excusa que necesitaba para romper mi clausura. El periódico del sábado, las Cartas de Emily Dickinson editadas en Lumen, algo de dinero y mi cuaderno de notas ocupan su lugar en la mochila que me llevo conmigo. Me dirijo paseando al centro de la ciudad después de un reconfortante desayuno de sábado. Es temprano, aún no han abierto sus puertas las tiendas y las calles están solitarias y silenciosas. Poco a poco me acerco hasta la Plaza Nueva donde están instalados los puestos repletos de libros con olor a historia y a multitud de manos y entre tanto se han ido izando las persianas metálicas de los comercios y las calles peatonales del centro se han  inundando de gente que disfruta del sol y del solaz del fin de semana.

Luis atiende el primer puesto de la feria que visito. Es un hombre tranquilo y afable, con una larga barba canosa y de risa fácil. Es mi vecino,  habita con su familia la casa de enfrente y a menudo nos lleva naranjas, albaricoques, brevas… que él mismo cultiva en un pequeño terreno cerca de la ciudad. Se dedica a la compra-venta de libros antiguos. Tiene una furgoneta blanca que carga cada semana para montar su puesto en el mercadillo del jueves y participa entusiasmado en cada feria. Los discursos de Manuel Azaña, una magnífica edición de La isla del Tesoro y Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós son algunas de las adquisiciones que hice gracias a él.

Después de un buen rato, mis manos empiezan a desprender ese peculiar olor a papel viejo y amarillento, al cuero desgastado y colorista de las tapas más lujosas y en mi cabeza se rebobinan las historias con las que me he ido topando: los cuentos de Chejov, La Regenta, los ensayos de Montaigne, las ilustraciones de las Rimas y leyendas de Bécquer, los poemas satíricos de Quevedo, el desafío del Ulyses de Joyce, las letras doradas de La montaña mágica…

Como siempre, tengo que contener esa manía de comprar libros compulsivamente que me caracteriza. Me alejo de la feria y busco una terraza confortable, una mesa soleada y una cerveza helada que riega generosamente estas palabras. Me doy cuenta de que es uno de esos momentos que nos presenta la vida y que hay que celebrar.

Ángela Gutiérrez

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