Entre cascabeles

Luis terminó de atar los cordones de sus zapatos, se colocó la cazadora vaquera y se colgó de un hombro la mochila mientras guardaba en ella la cámara de video que David utilizaría para grabar el acontecimiento. Salió de casa con algo de prisa, no quería llegar tarde al partido. Era el primero, el debut del equipo de chicos con el que había colaborado desde hacía unos meses en los entrenamientos y en la puesta a punto de las instalaciones del pequeño estadio.  Cuando bajó del autobús se dirigió a la taquilla improvisada que habían instalado en la puerta del recinto para interesarse por la venta de las entradas. Estaban agotadas, el estadio estaría lleno en poco más de una hora.

Pasó a los vestuarios, dos  caracolas de esas prefabricadas que arden como fogatas con el calor del sol y se hielan cuando llegan los fríos. Aún así, suficiente para poder asearse después del ejercicio físico, para poder preparar las tardes de entrenamiento y las arengas previas a los encuentros que celebrarían de ahora en adelante. David lo estaba esperando de un momento a otro, nervioso, moviéndose de aquí para allá, sin que nada de lo que hacía se concretara más que en un intento de serenarse y de acelerar el paso del tiempo.

–         ¡Uf! ¡Ya era hora! Me tenías preocupado – comentó David suspirando – ¿Has traído la cámara? Te habrás acordado de cargar la batería ¿no?

Luis rebuscó en su mochila, estiró su brazo y esperó a que David tomara la cámara. No entendía que  lo pusiera en duda. Desde que se conocieron en una fiesta haría unos  seis meses, él siempre había prestado atención a los detalles y había sido responsable en el cumplimiento de sus compromisos. Estaba acostumbrado a que la gente dudara de él, a tener que demostrar en cada paso que daba su capacidad para realizar las acciones más nimias y a vencer con su voz los contratiempos que se empeñaban en hacerlo un hombre dependiente y consentido. Se había pasado la vida demostrando que era capaz.  Pero en ese momento pensaba que David ya debería saberlo.

Cuando se conocieron, Luis se ocupaba en su tiempo libre de un grupo de chicos ciegos que  tenían entre trece y catorce años. Pasaba con ellos un par de tardes  a la semana organizando actividades lúdicas y de entretenimiento. Solían verse en las instalaciones de la asociación de ciegos de la localidad aunque con frecuencia salían por el barrio. Les gustaba acercarse a unas pistas deportivas que había cerca del local y escuchar a los chicos que jugaban al fútbol. Luis sabía que ese era su mayor deseo, que a esos  adolescentes que no podían ver el balón, ni el color de las camisetas, ni las redes de las porterías, se les encandilaría el alma si pudieran jugar al fútbol. Luis necesitaba encontrar el sitio adecuado y a pesar de recurrir a todos sus contactos, de pedir favores a instituciones y a desconocidos, el proyecto se le atascaba.

Con motivo de la cercanía dela Navidad, la asociación en la que se reunían los chicos invidentes organizó una fiesta benéfica para acondicionar algunas de las salas de las que disponían en el local. David fue contratado para hacer el reportaje fotográfico del evento. Era un joven alto, con el pelo moreno y rizado como muelles que miraba atento a su alrededor, como buscando continuamente escenas para captar con su cámara. Reparó en Luis, quizá porque era de los pocos que no paraba de danzar de un lado para otro y por tanto se resistía a su objetivo.

Al final de la cena, cuando abandonaron las mesas y se mezclaron alrededor de la pista de baile, Luis se colocó cerca de la barra charlando animadamente con un grupo de mujeres. Más tarde David supo que eran las madres de los chicos que hoy debutarían en el partido de fútbol. Se acercó para tomarles unas fotos y se quedó con ellos un buen rato puesto que dio por terminado su trabajo. Había conseguido material de sobra para preparar la exposición.

Luis trataba de animar a las mujeres, les pedía que tuvieran paciencia que, antes o después conseguirían un lugar para que sus hijos jugaran al fútbol. David escuchaba atónito y pensaba que todo lo que decía ese chico alto, de pelo muy corto y erizado que movía las manos con agilidad y elegancia era una sinrazón. ¡Si son ciegos! ¿Cómo es que juegan al fútbol? ¿Cómo lo harán? ¿Dónde jugarán? Las preguntas se amontonaban en la mente de David.

Unas semanas después, la directiva de la asociación inauguró la exposición de fotos de la fiesta benéfica en la sede dela Organización Nacionalde Ciegos de la ciudad y de nuevo coincidieron Luis y David en el acto. Esta vez, charlaron largo y tendido y quedaron emplazados para otras ocasiones puesto que Luis consiguió implicar al fotógrafo en el proyecto.  Durante días, semanas y meses se vieron y acordaron una estrategia para conseguir el lugar. Hacían un buen equipo y los esfuerzos se notaron. Luis lo puso al día. Le explicó que necesitaban cerrar el trato con una empresa que estaba dispuesta a cederle un pequeño espacio al aire libre, bien comunicado para que los chicos pudieran llegar fácilmente en autobús,  pero que tendrían que acometer las reformas necesarias para acondicionarlo como estadio. Los ciegos juegan al fútbol en pequeñas canchas de veinte metros por cuarenta, cerradas por unos muros altos que impidan que la pelota salga del campo de juego. La pista tiene que ser de  cemento pulido o de madera, para que la bola ruede mejor  y debe estar situada en un lugar que no sea ruidoso. La  pelota está llena de cascabeles, y eso les permite seguir el ruido que va haciendo al rodar.

–         El campo se ha llenado. Hay unas mil personas esperando que los chicos salgan – comentó David que había salido del vestuario para echar un vistazo.

–         Llegó el gran día. Este primero de junio no lo olvidaremos jamás.

Luis abandonó la caseta prefabricada que hacía de vestuario y salió al campo con los chicos y Juan, el entrenador.  Saludó al  equipo contrario y a los árbitros y se sentó en el banquillo. David salió detrás de ellos y se colocó estratégicamente. No en vano, había pasado meses recorriendo aquel lugar, haciendo arreglos, dirigiendo trabajos por cada rincón; lo conocía como la palma de la mano y muchas veces había imaginado donde se colocaría el día que jugaran allí por primera vez para elaborar el reportaje de su vida.  Desde ese lugar privilegiado, David grababa a Luis que en esta ocasión no se movía. Lo tenía en el centro de su objetivo y, aunque es probable que Luis se imaginara a su amigo grabándole sin cesar, su ceguera le impedía verlo.

A los quince años, Luis presentó los primeros síntomas de una enfermedad que oxida la retina. El proceso es lento, pero no tiene remedio y al final la ceguera es total. Hoy, a los veintisiete años, Luis es completamente ciego. Aunque sea difícil de creer, nunca se instaló en las lamentaciones y gracias a su esfuerzo personal y al de su familia hoy sabe mucho de la ceguera y de lo que  esos seres vulnerables como él necesitan. Tiene la suerte de contar con herramientas tecnológicas que le permiten llevar una vida normal; trabajar, estudiar, divertirse. Cuenta con un pequeño ordenador al que le manda a través de su voz y que le permite realizar su trabajo y comunicarse fácilmente con los demás y además, se siente afortunado porque durante quince años de su vida pudo ver y disfrutar de los colores, de los paisajes y de la luz. Puede parecer una tontería, pero Luis sabe que otros muchos nunca los conocerán.

Ahora, mientras lo enfoca con su cámara, David no sabe si aquel hombre independiente, vitalista e incansable que conoció por casualidad en una fiesta, se adaptaría a ver de nuevo, porque Luis ha aprendido a dominar el mundo de una forma distinta. Él ve mucho más allá de sus narices y  hace ver a los que, sin ser ciegos, se comportan, actúan y viven como si lo fueran.

Ángela Gutiérrez Jiménez

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