Pies cansados; almas liberadas

Conforme me voy haciendo mayor me voy volviendo más práctica. Últimamente solo captan mi atención las propuestas concretas, los actos pequeños y posibles que realmente pueden suponer cambios tangibles, palpables. Por el contrario, las grandes hazañas, los discursos llenos de vaguedades y de intenciones volátiles, las ideas presentadas como verdades absolutas, me producen grima. Me remiten a la grandilocuencia y ampulosidad de los dictadores, de los parlanchines y predicadores de la mentira, de la manipulación, tras los que se ocultan intereses personales y de escasa altura moral. Por eso creo que últimamente me aburre tanto la verborrea política y me cautivan acciones como la de Rosa Parks, aquella costurera negra de Montgomery que se negó a ceder su asiento del autobús a un blanco cuando así lo disponían las leyes del estado de Alabama. Ese primero de diciembre de 1955 marcó un antes y un después.

Por entonces en Estados Unidos, los negros sufrían la humillación de no poder compartir los lugares con los blancos y una línea separaba el espacio reservado a unos y a otros en los autobuses; los blancos delante, los negros detrás. Los asientos del centro podían ser ocupados por los afroamericanos siempre que ningún blanco lo necesitara. Ese día, Rosa Parks, cansada de ceder, se sentó en uno de los asientos de en medio  y cuando el conductor le exigió que se levantara, ella se negó.

Esa acción, aparentemente simple, aparentemente inútil, que solo parecía válida para complicarle aún más la vida a una costurera negra de rostro tranquilo y apacible, se convirtió en la mecha que incendió el movimiento por los derechos sociales en Estados Unidos. Rosa Parks fue arrestada por esa acción y al día siguiente otro negro de Montgomery, Martin Luther King, puso en marcha un boicot a las líneas de autobuses de la ciudad que duró trescientos ochenta y un días. Más de treinta mil afroamericanos caminaron por las calles de Alabama, respondiendo pacíficamente a los insultos, viendo pasar los autobuses vacíos, recorriendo a pie distancias kilométricas para llegar a sus trabajos, intencionadamente bien aseados y vestidos para no parecer indigentes deambulando por los caminos y, cuando se les preguntaba cómo se sentían, muchos contestaban: “mis pies, cansados; mi alma, liberada”

La historia de ese movimiento social y ciudadano está jalonada de episodios pequeños, locales que hoy nos parecen incluso diminutos observados desde esta perspectiva de la globalización que nos han inyectado en vena pero, tal vez por eso, cobren ahora más sentido. Contemplar un mundo globalizado sin perderse en la infinidad de sus límites me parece muy complicado. Marcar objetivos concretos y asumir cada uno sus responsabilidades puede ser más efectivo.  Creo que en este sistema que nos “ordena” hay cosas que merece la pena conservar, pero otras deberían colocarse en el centro de la diana, marcarlas como objetivo y caminar hasta que acabemos con ellas sin renunciar a llevar como música de fondo aquellas hermosas  palabras del romántico himno de Espronceda.

Que es mi barco mi tesoro,

que es mi dios la libertad,

mi ley,  la fuerza y el viento,

mi única patria, la mar.

Ángela Gutiérrez

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