Música y cuerda

Pasear por la calle Baños es bastante incómodo.  La densidad del tráfico, el ruido, las aceras excesivamente estrechas, casi inexistentes en algunos tramos, los cruces continuos y la actividad comercial junto a la propia angostura de la calle la convierte en uno de esos lugares por los que se evita pasar. Pero esta mañana Lucía y yo hemos estado por allí para recoger unos libros de lenguaje musical en una de tantas librerías musicales que encontramos en esa calle. Robert Louis Baille es un luthier que tiene un hermoso taller instalado en la calle Baños. Música y Cuerda desprende una magia especial, como el de las pequeñas librerías independientes que exponen cuidadosas selecciones de libros y que están atendidas por libreros vocacionales. Sobre el color turquesa de su fachada y de los muebles que visten el interior, destacan los elegantes violonchelos, violines y violas colgados  en los escaparates de una tienda de aspecto antiguo rehabilitada, con la puerta acristalada y un mostrador que huele a roble, como el de las tiendas de alimentación del pasado. Yo me acuerdo de aquel que había en la tienda de mi padre sobre el que llamaba la atención el peso plateado y blanco y los juegos dorados de las pesas. Ana es la señora que atiende a los clientes. Ya nos conoce porque el cello de Lucía necesita con frecuencia volver a las manos de su creador para ponerlo a punto.  Algunas veces, cuando pasamos por la puerta del taller entramos a saludarla. Hoy también lo hemos hecho y al abrir la puerta de la tienda la música acabó con el tronar de los coches que rugía en el exterior. Al fondo hay un rincón amplio y luminoso que sirve de paso entre la tienda y el taller. Sentado en una silla de aneas un hombre toca el violonchelo. No es ninguna pieza completa sino fragmentos sueltos que está utilizando para poner a punto el instrumento. Lucía entra hasta el final y se coloca frente a él sin decir nada, solo mirar y escuchar. El cellista baja su arco y cesa la música; saluda a Lucía y habla con ella y con el luthier que permanece de pié a su lado. Mientras Lucía charla, Ana me explica que es Richard Eade uno de los principales violonchellistas de la Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucía le estaba contando que ella estudiaba violonchelo, que le parecía un instrumento muy bello y que cuando lo tomaba entre sus rodillas y empezaba a tocar sus cuerdas sentía cómo la música vibraba en su cuerpo. Ana y yo la observábamos desde el mostrador. En unos minutos el Minuet número 2 de Bach arrancó de las cuerdas del Richard Eade. La niña le había explicado que lo tenía que estudiar muy bien porque era la pieza de su próxima audición. Salimos de nuevo al rugir de la calle, a pasear en la soleada y fresca mañana de sábado por el centro de la ciudad que olía a Bach y a muchas ganas de volver el lunes al conservatorio.

Ángela Gutiérrez

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