La lluvia en Sevilla…

La lluvia en Sevilla es una maravilla. A pesar de la pereza con la que despierto y la tendencia a abandonarme entre las sábanas. A pesar de una agradable ducha que no consigue despertarme. A pesar de la renuncia inigualable a tomar el primer café entre las flores de la buganvilla del patio. A pesar de la resistencia jacobina a salir a la calle. A pesar de llegar al paragüero y comprobar que ni un solo paraguas ha resistido el paso del verano. A pesar de abrir el paraguas y continuar comprobando las varillas dobladas y el cierre estropeado. A pesar de que pisar la calle y notar cómo se empapan los pies es una sola cosa. A pesar de las regueras inabarcables que nos obligan a saltar como canguros. A pesar de los charcos inmensos donde pueden habitar caimanes. A pesar de los atascos y el mal humor generalizado entre los conductores. A pesar de los tropiezos entre los paraguas que habitan las aceras y sentir que mucha gente sobra en la ciudad. A pesar de la espera eterna en los semáforos y de notar como calan por la ropa las goteras traidoras de los árboles. A pesar de los resbalones. A pesar de las losetas sueltas que piso en la acera y que salpican hasta llenar de agua embarrada mi cara. A pesar de mantener la mirada siempre encorvada. A pesar de las salpicaduras permanentes en los cristales de mis gafas. A pesar de renunciar a ver y sentir el sol. A pesar de la oscuridad y de la plomiza luz que diluye la frontera entre el día y la noche. A pesar del olor a humedad que queda en mi ropa. A pesar de no poder abrir las ventanas. A pesar de la lluvia… Bienvenida sea.

Ángela Gutiérrez

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Música y cuerda

Pasear por la calle Baños es bastante incómodo.  La densidad del tráfico, el ruido, las aceras excesivamente estrechas, casi inexistentes en algunos tramos, los cruces continuos y la actividad comercial junto a la propia angostura de la calle la convierte en uno de esos lugares por los que se evita pasar. Pero esta mañana Lucía y yo hemos estado por allí para recoger unos libros de lenguaje musical en una de tantas librerías musicales que encontramos en esa calle. Robert Louis Baille es un luthier que tiene un hermoso taller instalado en la calle Baños. Música y Cuerda desprende una magia especial, como el de las pequeñas librerías independientes que exponen cuidadosas selecciones de libros y que están atendidas por libreros vocacionales. Sobre el color turquesa de su fachada y de los muebles que visten el interior, destacan los elegantes violonchelos, violines y violas colgados  en los escaparates de una tienda de aspecto antiguo rehabilitada, con la puerta acristalada y un mostrador que huele a roble, como el de las tiendas de alimentación del pasado. Yo me acuerdo de aquel que había en la tienda de mi padre sobre el que llamaba la atención el peso plateado y blanco y los juegos dorados de las pesas. Ana es la señora que atiende a los clientes. Ya nos conoce porque el cello de Lucía necesita con frecuencia volver a las manos de su creador para ponerlo a punto.  Algunas veces, cuando pasamos por la puerta del taller entramos a saludarla. Hoy también lo hemos hecho y al abrir la puerta de la tienda la música acabó con el tronar de los coches que rugía en el exterior. Al fondo hay un rincón amplio y luminoso que sirve de paso entre la tienda y el taller. Sentado en una silla de aneas un hombre toca el violonchelo. No es ninguna pieza completa sino fragmentos sueltos que está utilizando para poner a punto el instrumento. Lucía entra hasta el final y se coloca frente a él sin decir nada, solo mirar y escuchar. El cellista baja su arco y cesa la música; saluda a Lucía y habla con ella y con el luthier que permanece de pié a su lado. Mientras Lucía charla, Ana me explica que es Richard Eade uno de los principales violonchellistas de la Orquesta Sinfónica de Sevilla. Lucía le estaba contando que ella estudiaba violonchelo, que le parecía un instrumento muy bello y que cuando lo tomaba entre sus rodillas y empezaba a tocar sus cuerdas sentía cómo la música vibraba en su cuerpo. Ana y yo la observábamos desde el mostrador. En unos minutos el Minuet número 2 de Bach arrancó de las cuerdas del Richard Eade. La niña le había explicado que lo tenía que estudiar muy bien porque era la pieza de su próxima audición. Salimos de nuevo al rugir de la calle, a pasear en la soleada y fresca mañana de sábado por el centro de la ciudad que olía a Bach y a muchas ganas de volver el lunes al conservatorio.

Ángela Gutiérrez

Cenizas

Hoy no había flores en La Glorieta de Bécquer. Bajo la sombra otoñal del ciprés de los pantanos, los estudiantes a los que acompaño y las  tres mujeres de frío mármol miramos complacientes la escena.

Ronda los setenta años y pasea despacio alrededor del conjunto escultórico que homenajea a Gustavo Adolfo Bécquer en el Parque de María Luisa. Entre sus manos arrugadas, envejecidas y temblorosas lleva una  pequeña caja de madera de pino. Silencioso y apacible el hombre se detiene frente a la escultura de las tres mujeres con los ojos cansados y enrojecidos. Pausadamente, escudriñando cada detalle de sus cuerpos y de sus rostros  examina a las tres damiselas. Empieza por la más joven, de plácida sonrisa, recostada sobre el hombro de su compañera, con las manos unidas rozando sus mejillas y los ojos ilusionados, llenos de ese amor que llega y que nos atrapa, nos convierte en locos ensimismados e irracionales, en caníbales devoradores de deseos y de pasiones.

Poco después da un paso a la izquierda y contempla de cerca a la segunda mujer que alza su cabeza hacia el cielo con  los ojos cerrados y las manos abiertas sobre su pecho protegiendo con ellas el amor poseído que da sentido y seguridad a su vida.

Unos minutos más tarde, el hombre se encorva levemente para observar el rostro maduro de la tercera mujer que cabizbaja, desplomada sobre sus hombros, con los brazos caídos sobre sus rodillas, lamenta el amor perdido.

El hombre acaricia la caja entre sus dedos, la destapa lentamente y comienza a esparcir a los pies de las damiselas las cenizas de su mujer.

Se acerca a los estudiantes y les dice con voz templada: “Carmen y yo veníamos aquí por las tardes. Me gustaba que ella me leyera las poesías de Bécquer que estaban en los anaqueles y que hoy ya no están, se han hecho ceniza, como Carmen a los pies del amor.”

Ángela Gutiérrez

Glorieta a Bécquer

Miradas

Al salir de casa no pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento de al lado. Esa mañana se despertó con una sensación extraña. Los últimos días había sufrido unas terribles jaquecas, así que se iba a la cama cuando aún lucían leve y  suavemente los rayos del sol. Bajaba completamente las persianas, echaba no solo los visillos sino también las tupidas cortinas de loneta azuladas y se acomodaba en la cama embutida en la más absoluta oscuridad. Era la única forma de aligerar la pesadez e hinchazón de sus párpados y el zumbido de tambores que se había alojado en sus sienes. Cerraba los ojos e intentaba dormir plácidamente hasta el amanecer.

Cuando salió de la ducha, mientras se cepillaba los dientes, recordó el diminuto haz de luz que había visto antes de dormirse proyectándose sobre un Angulo que tenía colgado a los pies de su cama. Ahora lo veía con claridad. Sobre el pecho de la sirena pelirroja, que cada noche la observaba con los tres ojos de su doble cara, titilaba como una lejana estrella una pequeña luz anaranjada.

Enjuagó su boca, limpió el cepillo y salió precipitadamente hacia el dormitorio intentando reconstruir la trayectoria de la luz. Fijó durante un instante la  mirada en el óleo de la sirena  y se volvió apresuradamente hacia la cama. Sintió como el miedo circulaba por sus venas y notó los pálpitos incontrolables de su corazón cuando se acercó sigilosamente a una pequeña mancha que descubrió al lado de la lamparita de la mesa de noche. Pasó su mano temblorosa por la pared y, vencida por la curiosidad, se asomó a la mancha. De repente, se encontró al otro lado con su propio ojo que la miraba.

Ángela Gutiérrez

Obra de Marián Angulo

SIN PALABRAS

Vísperas de la Nochebuena, en la casa de mis padres.  La tarde, fría y ventosa invitaba a arroparse en la mesa camilla al calor del brasero y al olor de la chimenea. Lloviznaba y el cielo plomizo ocultaba las cimas de las montañas. Como todos los años, mi padre había preparado los avíos para montar el Portal de Belén y los críos llevaban toda la tarde entretenidos disponiendo los corchos y las piedras, las figuritas de los pastores y las ramas de madroño siguiendo los sabios mandatos del abuelo.  Los niños, eran cuatro con edades comprendidas entre los tres y los ocho años, empezaban a impacientarse porque su interés final consistía en colocar por el camino del desierto a los tres Reyes Magos y a todo su séquito. Pero eran cuatro críos y solo había tres reyes; alguien tenía que ceder. Empezaron a buscar una solución y recurrieron al argumento más fácil: el de más edad se adjudicaba mayor privilegio, ese es el que colocaría al primer rey; le seguirían los demás siguiendo el orden cronológico estricto. Pero entre los cuatro discutían quién era mayor o menor. Enrique, mi hijo, que era el mayor, entonces tenía ocho años (anda ahora por los catorce) paró la discusión dirigiéndose  a los demás: “Vamos a ver, Aurora (la más pequeña) tú eres pequeña para mediana; Elisa (hermana de Aurora y algo mayor que ella) tú eres mediana para grande; Lucía (su hermana y unos meses mayor que Elisa) tú eres grande para adolescente; y yo – dice Enrique con seguridad – soy adolescente para joven”. Entonces mi hermana, la tía de los niños pregunta “¿Y yo que soy?” Enrique le responde: “Tita, tú eres joven para adulta.” Seguidamente pregunta el padre: “¿Y yo?” Rápidamente Enrique le contesta: “Papá tú eres adulto para viejo.” La abuela, mi madre que no puede resistir la curiosidad dice entrecortadamente: “Oye, Enrique, y entonces ¿yo que soy?” Enrique, con sus ocho años responde de inmediato “Abuela, qué tontería, tú, tú eres vieja para muerte”.

Hubo un dilatado y solemne silencio.

 Ángela Gutiérrez

Teatro

Son las doce horas, un minuto y quince segundos, acaba de bajarse el telón y aún resuenan los aplausos. Un día más en esta gira interminable, Pedro se dirige a su camerino. “Por fin podré quitarme esta máscara que me exprime el alma” pensó mirándose al espejo. Conforme iba retirando el maquillaje, aparecían sucesivos arrepentimientos que se habían grabado en su cara como si fuera un óleo y, de repente, descubrió que se había ido dejando su rostro sobre el escenario.

Ángela Gutiérrez