CAMPOS SANTOS

Tres mil euros. Lo he leído recientemente en la prensa. Ese es el precio que hay que pagar para ser enterrado en el campo del Betis. No es broma. Seguro que la lista de espera es ya larga y que dentro de nada cientos, miles  de urnas cinerarias reposarán en el columbario del Benito Villamarín, como ya lo hacen en otros estadios españoles.

Visto así, a bote pronto y sin indagar mucho más allá, uno puede pensar que se trata de una actitud romántica  más acorde con los últimos años del siglo XVIII que con los ídolos mediáticos del siglo XXI o con una inclinación religiosa o devota más propia de los peregrinos de Lourdes o de Fátima que de los hinchas que cada fin de semana se desgañitan en los estadios.

Solo me falta por investigar si el rito fúnebre lo preside José Ramón de la Morenaal que por circunstancias más bien azarosas, escucho cada mañana en la Ser, a eso de las ocho menos cuarto, con esa voz solemne y melodiosa, seria y responsable que convierte los comentarios de fútbol en sermones de la montaña.

Pero, rebobinando, no es difícil concluir que los enterramientos tienen más que ver con la burbuja futbolística que en cualquier momento nos estallará en la cara como nos explotó la del ladrillo y que la deuda que los clubes de fútbol tienen con las arcas públicas se  perdonará por mantener los campos santos de este país.

Ángela Gutiérrez

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