ATOLÓN DE CORAL


Hace un año y medio, Jesús descolgó el cartel de “Se alquila” con sus propias manos. Ante la mirada tranquila de Ana, su mujer y de los propietarios, un matrimonio nigeriano de pastores de la Iglesia Evangélica, abrió la puerta del pequeño estudio que habían alquilado en la calle Primavera, número tres. Pagarían trescientos euros al mes, un gasto enorme para sus enjutos bolsillos, por un bajo que en realidad era un local comercial de apenas veinte metros cuadrados, sin ventanas y casi vacío, situado justo al lado de la Iglesia que presidían sus caseros. Los dos sabían que no era gran cosa pero al menos tendrían “un cachito donde vivir” como repetía Jesús con insistencia.
Jesús acaba de cumplir sesenta años. Tiene la piel morena y curtida, como acartonada por el sol implacable que durante años soportó entre hormigones y andamios. En sus ojos, la tristeza se  ha instalado con el  tinte rojizo y vidrioso de los alcohólicos y su rostro un poco hinchado habla de una vida que no le ha tratado bien y a la que tampoco él ha apreciado.  Sin embargo, los que le conocen bien, sus vecinos, dicen que hoy está un poco más feliz. Será la última noche que pasarán en ese cuchitril que casi les cuesta la vida.
Los problemas empezaron hace algunos meses. Por entonces, Ana y Jesús llevaban casi un año viviendo en el local y su situación había empeorado. Jesús había agotado ya todas las prestaciones después de dos años en paro  y Ana, que pronto cumplirá sesenta y siete años y que aún conserva la cara soñadora y valiente que le llevó, hace bastantes años, a trabajar en una fábrica textil en el sur de Francia, quería cobrar una pensión no contributiva  pero los trámites burocráticos le exigían tener una casa y no un local comercial como vivienda. De aquel trabajo como emigrante, a Ana le queda el amor por el francés que nunca consiguió aprender del todo y una pensión de trescientos siete euros con la que pagan el alquiler del local.  Para resolver la situación, la pareja pidió a los pastores evangélicos que realizaran los trámites necesarios para regularizar el contrato del local como vivienda pero estos se negaron. La respuesta de los propietarios llegó en  forma de presiones, cortes de luz y de agua, amenazas. La negativa inició una pesadilla, una escalada de terror, abuso y violencia que hoy parece llegar a su fin pero que tuvo su apoteosis hace una semana, cuando  algunos miembros de la secta evangélica entre los que se encontraban el pastor y su esposa, arrancaron literalmente a Jesús de la silla en la que estaba sentado tomando el fresco, lo tiraron al suelo, lo pisotearon y lo golpearon con un martillo ante la desesperación y los gritos de Ana que  fue golpeada y arrastrada sin piedad. Ayudados por una vecina a la que  también agredieron , consiguieron parar la paliza pero no el terror que invadió sus cuerpos.
El miedo, la indignación y la solidaridad se extendieron como una maraña por el barrio. Los vecinos empezaron a organizarse para no dejar a la pareja sola ni un momento. En el diminuto salón de la casa se apilan varios colchones sucios y raídos que cada madrugada sacan a la calle  para dormir. Día y noche hacen guardia en la puerta del local. Le llevan comida, buscan asesoramiento jurídico, y como si fuera un atolón de coral, una red vecinal solidaria y comprometida ha crecido en el número tres de la calle Primavera.
Esta tarde llueve sobre la ciudad; una familia de una localidad cercana se ha puesto en contacto con Jesús y Ana a través de un periodista que se había acercado por allí  y les ha ofrecido una vivienda. Jesús espera a un vecino que vendrá con su furgoneta para cargar las cuatro cosas que poseen. Dormirán en ese local que alquilaron como un estudio por última vez.  Por eso los vecinos ven hoy un atisbo de felicidad en el rostro de Jesús. Por eso, y porque en la fachada blanca y desconchada de la calle Primavera, número tres se ha grabado el gesto más humano de la solidaridad y veremos si el de la justicia.  
Ángela Gutiérrez
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