LEER LA CIENCIA

A estas horas dos buenas amigas viajan hacia Méjico.
“Bueno ¿y qué?” se preguntarán ustedes. Es cierto, en realidad es un hecho que no tiene ninguna importancia porque yo sé que van a volver dentro de quince días. Pero, imagínense, como hicimos las tres anoche delante de una cerveza helada, que no volvieran. Así sí que sería importante: habrían ganado unas cuantas horas de vida. Han salido de Barajas a la una de la tarde y llegarán a Méjico a las cinco después de haber volado durante doce horas.
Me recuerda a ese capítulo del Cantar de Mio Cid en el que se narra que Rodrigo Díaz de Vivar  ganó una batalla después de muerto o a la apuesta que ganó Phileas Fogg tras dar la vuelta al mundo en ochenta días. A mi me hubiera gustado escuchar a Einstein explicando tan magnas hazañas.
Yo reconozco mi ignorancia, incluso, me atrevería a decir mi incapacidad para comprender los avances científicos. Pertenezco a una de esas generaciones en la que desde pequeños nos fragmentaban (aún se sigue haciendo) en dos especies: los de ciencias y los de letras. Los primeros, metódicos, inteligentes, racionales; los segundos, melancólicos, inseguros, románticos. Esa disyunción respaldaba unos prejuicios que a la larga resultarán perversos: la inclinación hacia las letras tenía que ver con una cierta torpeza física o una masculinidad insegura, una inteligencia menor. Al mismo tiempo, la racionalidad, el pragmatismo, el rigor, la inteligencia eran atributos para el de ciencias. Por otro lado, se consideraba mucho más sublime admirar las grandes obras de las humanidades que mostrar interés por la realidad más prosaica en la que se centraban las ciencias.
 Entre otras muchas consecuencias, esa división de ciencias y letras ha supuesto una de importancia trascendental: ha empobrecido nuestra cultura y por lo tanto nuestra capacidad para entender la realidad.  En mi caso, me condenó, me negó, el acceso a algunos de los saberes más estimulantes para la mente humana. La ignorancia de los principios más simples de las matemáticas, de la física y de la química  conlleva además una manera de situarse en el mundo porque implican una forma diferente de mirar. Durante muchos años esa formación en las Humanidades  me hacía reconocer la belleza en la literatura, en la pintura, en las artes casi exclusivamente, al mismo tiempo que mantenía oculta para mí esa Belleza, con mayúscula, que se presenta sin la intervención del ser humano, por ejemplo, en las formas fractales de la naturaleza. 
Justo el año que murió Julio Verne (1905), Einstein presentaba su primera versión de La teoría de la relatividad. Cuando leí por primera vez La vuelta al mundo en 80 días no entendí el final, me parecía un galimatías del autor necesario para cerrar bien la obra. Después comprendí que Julio Verne, al recurrir a los husos horarios, a los meridianos y al movimiento de rotación de la tierra me hablaba del secreto del tiempo.
Menos mal que Merce y Carmen volverán de Méjico como se han ido porque, a la velocidad de la luz me encontrarían inmóvil como Phileas Fogg a sus contertulios en el Reform Club.
Ángela Gutiérrez
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