EL QUE QUIERE LAS COME…

A Lucía le encantan las lentejas. El día que están incluidas en el menú merece la pena sentarse a su lado y verla almorzar. En cuanto aparece delante el plato sonríe y su cara redondita, morena y gentil se ilumina. Abre los ojos brillantes y vivos y se relame. Enseguida empieza a degustarlas con mucha tranquilidad, paladeándolas como si tomara uno a uno el sabor de los pequeños granos redondeados. En una ocasión se encontraba con su familia de viaje por las tierras del sur de Salamanca, recorriendo los diminutos pueblos de la Sierra de Francia. Uno de esos días después de pasar toda la mañana de visitas turísticas y recorriendo senderos pintorescos al pie de arroyos cristalinos y bosques húmedos y frondosos, Lucía llegó con sus padres a La Alberca y entraron en un pequeño y acogedor restaurante situado entre los soportales de madera y piedra de la plaza del pueblo. Era uno de esos restaurantes familiares, con el suelo de barro y las techumbres artesonadas, decorado con aperos del campo y de la matanza y una enorme chimenea de pizarra que iluminaba y templaba los rostros fríos y cortados por el aguanieve. Siempre que entraban en un restaurante Lucía tomaba la carta y leía silabeando uno a uno los platos esperando encontrar las ansiadas lentejas. En esta ocasión no iba a ser menos. Lucía tomó la carta y empezó a leer. Mientras tanto, un camarero se acercó a la mesa y les ofreció el menú del día: “De primero, lentejas o sopa castellana”. A Lucía se le iluminó el rostro; ya no había porqué seguir leyendo, tomaría, sin duda, lentejas. Cuando el camarero regresó para ofrecerles el segundo plato del menú, Lucía miró a su madre con cara de incertidumbre y preguntó: “¿Puedo repetir lentejas?”
En los libros dedicados a la historia de la gastronomía se sigue la pista de las lentejas desde la civilización egipcia. Las menciona con grandes halagos Virgilio en su Geórgicas  y Plinio las clasifica con todo lujo de detalles. Según Apiano de Alejandría, “al comer lentejas de Egipto el hombre se vuelve alegre y divertido” y por eso era el plato principal de las cenas funerarias de los romanos porque tenían la virtud de alegrar a los llorones y deprimidos.
Debe ser ese el motivo por el que Lucía es una chica tan alegre y divertida.
Hoy la he visto gozar durante el almuerzo con un plato de lentejas estofadas con taquitos de jamón y espinacas. Mientras la observaba comer pensaba que estos días de vuelta en los que los gimnasios se llenan, se venden los productos light más que nunca y la cerveza vive sus horas más bajas, no estaría mal disfrutar de un sabroso plato de lentejas que acabe con el desánimo postvacacional.
Ángela Gutiérrez
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