CAMPOS SANTOS

Tres mil euros. Lo he leído recientemente en la prensa. Ese es el precio que hay que pagar para ser enterrado en el campo del Betis. No es broma. Seguro que la lista de espera es ya larga y que dentro de nada cientos, miles  de urnas cinerarias reposarán en el columbario del Benito Villamarín, como ya lo hacen en otros estadios españoles.

Visto así, a bote pronto y sin indagar mucho más allá, uno puede pensar que se trata de una actitud romántica  más acorde con los últimos años del siglo XVIII que con los ídolos mediáticos del siglo XXI o con una inclinación religiosa o devota más propia de los peregrinos de Lourdes o de Fátima que de los hinchas que cada fin de semana se desgañitan en los estadios.

Solo me falta por investigar si el rito fúnebre lo preside José Ramón de la Morenaal que por circunstancias más bien azarosas, escucho cada mañana en la Ser, a eso de las ocho menos cuarto, con esa voz solemne y melodiosa, seria y responsable que convierte los comentarios de fútbol en sermones de la montaña.

Pero, rebobinando, no es difícil concluir que los enterramientos tienen más que ver con la burbuja futbolística que en cualquier momento nos estallará en la cara como nos explotó la del ladrillo y que la deuda que los clubes de fútbol tienen con las arcas públicas se  perdonará por mantener los campos santos de este país.

Ángela Gutiérrez

INSTANTÁNEA

“Tú y yo podremos pasear juntos bajo este cielo estrellado” fue lo último que leí sentado en el mirador cuando él se acercó por detrás, rodeó con sus brazos mi pecho y me besó el cuello. A pleno sol, bajo la ardiente chapa del coche nos enredamos por las veredas del sexo; casi una vuelta a la adolescencia a la que me había empujado esta relación inesperada. “Tu yo podremos pasear juntos bajo este cielo estrellado” dije. Enseguida, él se interpuso como un eclipse entre el horizonte y mis ojos, levantó suavemente mis gafas de sol y fijó para siempre en su cabeza la instantánea de mi mirada.

Ángela Gutiérrez

LO SUBLIME

Aún rumío buena parte de los titulares que leí esta mañana en la prensa. Sentada en la terraza, con el periódico a los pies, contemplo la silueta de una ciudad que parece despertar al atardecer cuando va liberándose del calor sofocante y del bochorno de estos días de septiembre. El sol  lejano, pequeño y abrasador del mediodía se torna al caer la tarde enorme, cercano e inofensivo y nos regala una paleta de dorados, naranjas y malvas cálidos y hermosos. La sombra va derramándose suavemente sobre los edificios de la ciudad que bajo los efectos de la luz tornasolada del atardecer adquieren una nueva profundidad y ese mundo cambiante parece volverse más lento, más indulgente.

Aún rumío esos titulares porque, en primer lugar, es sábado, día de asueto, de lectura dilatada y reflexiva de unos periódicos más densos y llenos de contenido que cualquier otro día de la semana y, en segundo lugar, porque la tragedia que retratan de nuestro mundo es difícil de olvidar y de digerir. Crisis económicas, rebeliones en el mundo árabe, protestas ciudadanas en Europa, reclamos de la industria farmacéutica, inundaciones y lluvias torrenciales, accidentes de aviones, muertes en la carretera, corrupción política, abusos sexuales, desastres ecológicos…

Es difícil en estas circunstancias de información masiva y en semejante ambiente de desastre humano, reparar en algo tan bello como un atardecer.

Sin embargo, para mí es la prueba, como leí esta mañana en uno de los periódicos, de que “en este mundo nuestro, pese a sus conocidas miseria, lo más hermoso y sublime tienen cabida” y la naturaleza lo corrobora cada día, diaria y públicamente.

Ángela Gutiérrez

ATOLÓN DE CORAL


Hace un año y medio, Jesús descolgó el cartel de “Se alquila” con sus propias manos. Ante la mirada tranquila de Ana, su mujer y de los propietarios, un matrimonio nigeriano de pastores de la Iglesia Evangélica, abrió la puerta del pequeño estudio que habían alquilado en la calle Primavera, número tres. Pagarían trescientos euros al mes, un gasto enorme para sus enjutos bolsillos, por un bajo que en realidad era un local comercial de apenas veinte metros cuadrados, sin ventanas y casi vacío, situado justo al lado de la Iglesia que presidían sus caseros. Los dos sabían que no era gran cosa pero al menos tendrían “un cachito donde vivir” como repetía Jesús con insistencia.
Jesús acaba de cumplir sesenta años. Tiene la piel morena y curtida, como acartonada por el sol implacable que durante años soportó entre hormigones y andamios. En sus ojos, la tristeza se  ha instalado con el  tinte rojizo y vidrioso de los alcohólicos y su rostro un poco hinchado habla de una vida que no le ha tratado bien y a la que tampoco él ha apreciado.  Sin embargo, los que le conocen bien, sus vecinos, dicen que hoy está un poco más feliz. Será la última noche que pasarán en ese cuchitril que casi les cuesta la vida.
Los problemas empezaron hace algunos meses. Por entonces, Ana y Jesús llevaban casi un año viviendo en el local y su situación había empeorado. Jesús había agotado ya todas las prestaciones después de dos años en paro  y Ana, que pronto cumplirá sesenta y siete años y que aún conserva la cara soñadora y valiente que le llevó, hace bastantes años, a trabajar en una fábrica textil en el sur de Francia, quería cobrar una pensión no contributiva  pero los trámites burocráticos le exigían tener una casa y no un local comercial como vivienda. De aquel trabajo como emigrante, a Ana le queda el amor por el francés que nunca consiguió aprender del todo y una pensión de trescientos siete euros con la que pagan el alquiler del local.  Para resolver la situación, la pareja pidió a los pastores evangélicos que realizaran los trámites necesarios para regularizar el contrato del local como vivienda pero estos se negaron. La respuesta de los propietarios llegó en  forma de presiones, cortes de luz y de agua, amenazas. La negativa inició una pesadilla, una escalada de terror, abuso y violencia que hoy parece llegar a su fin pero que tuvo su apoteosis hace una semana, cuando  algunos miembros de la secta evangélica entre los que se encontraban el pastor y su esposa, arrancaron literalmente a Jesús de la silla en la que estaba sentado tomando el fresco, lo tiraron al suelo, lo pisotearon y lo golpearon con un martillo ante la desesperación y los gritos de Ana que  fue golpeada y arrastrada sin piedad. Ayudados por una vecina a la que  también agredieron , consiguieron parar la paliza pero no el terror que invadió sus cuerpos.
El miedo, la indignación y la solidaridad se extendieron como una maraña por el barrio. Los vecinos empezaron a organizarse para no dejar a la pareja sola ni un momento. En el diminuto salón de la casa se apilan varios colchones sucios y raídos que cada madrugada sacan a la calle  para dormir. Día y noche hacen guardia en la puerta del local. Le llevan comida, buscan asesoramiento jurídico, y como si fuera un atolón de coral, una red vecinal solidaria y comprometida ha crecido en el número tres de la calle Primavera.
Esta tarde llueve sobre la ciudad; una familia de una localidad cercana se ha puesto en contacto con Jesús y Ana a través de un periodista que se había acercado por allí  y les ha ofrecido una vivienda. Jesús espera a un vecino que vendrá con su furgoneta para cargar las cuatro cosas que poseen. Dormirán en ese local que alquilaron como un estudio por última vez.  Por eso los vecinos ven hoy un atisbo de felicidad en el rostro de Jesús. Por eso, y porque en la fachada blanca y desconchada de la calle Primavera, número tres se ha grabado el gesto más humano de la solidaridad y veremos si el de la justicia.  
Ángela Gutiérrez

LEER LA CIENCIA

A estas horas dos buenas amigas viajan hacia Méjico.
“Bueno ¿y qué?” se preguntarán ustedes. Es cierto, en realidad es un hecho que no tiene ninguna importancia porque yo sé que van a volver dentro de quince días. Pero, imagínense, como hicimos las tres anoche delante de una cerveza helada, que no volvieran. Así sí que sería importante: habrían ganado unas cuantas horas de vida. Han salido de Barajas a la una de la tarde y llegarán a Méjico a las cinco después de haber volado durante doce horas.
Me recuerda a ese capítulo del Cantar de Mio Cid en el que se narra que Rodrigo Díaz de Vivar  ganó una batalla después de muerto o a la apuesta que ganó Phileas Fogg tras dar la vuelta al mundo en ochenta días. A mi me hubiera gustado escuchar a Einstein explicando tan magnas hazañas.
Yo reconozco mi ignorancia, incluso, me atrevería a decir mi incapacidad para comprender los avances científicos. Pertenezco a una de esas generaciones en la que desde pequeños nos fragmentaban (aún se sigue haciendo) en dos especies: los de ciencias y los de letras. Los primeros, metódicos, inteligentes, racionales; los segundos, melancólicos, inseguros, románticos. Esa disyunción respaldaba unos prejuicios que a la larga resultarán perversos: la inclinación hacia las letras tenía que ver con una cierta torpeza física o una masculinidad insegura, una inteligencia menor. Al mismo tiempo, la racionalidad, el pragmatismo, el rigor, la inteligencia eran atributos para el de ciencias. Por otro lado, se consideraba mucho más sublime admirar las grandes obras de las humanidades que mostrar interés por la realidad más prosaica en la que se centraban las ciencias.
 Entre otras muchas consecuencias, esa división de ciencias y letras ha supuesto una de importancia trascendental: ha empobrecido nuestra cultura y por lo tanto nuestra capacidad para entender la realidad.  En mi caso, me condenó, me negó, el acceso a algunos de los saberes más estimulantes para la mente humana. La ignorancia de los principios más simples de las matemáticas, de la física y de la química  conlleva además una manera de situarse en el mundo porque implican una forma diferente de mirar. Durante muchos años esa formación en las Humanidades  me hacía reconocer la belleza en la literatura, en la pintura, en las artes casi exclusivamente, al mismo tiempo que mantenía oculta para mí esa Belleza, con mayúscula, que se presenta sin la intervención del ser humano, por ejemplo, en las formas fractales de la naturaleza. 
Justo el año que murió Julio Verne (1905), Einstein presentaba su primera versión de La teoría de la relatividad. Cuando leí por primera vez La vuelta al mundo en 80 días no entendí el final, me parecía un galimatías del autor necesario para cerrar bien la obra. Después comprendí que Julio Verne, al recurrir a los husos horarios, a los meridianos y al movimiento de rotación de la tierra me hablaba del secreto del tiempo.
Menos mal que Merce y Carmen volverán de Méjico como se han ido porque, a la velocidad de la luz me encontrarían inmóvil como Phileas Fogg a sus contertulios en el Reform Club.
Ángela Gutiérrez

EL QUE QUIERE LAS COME…

A Lucía le encantan las lentejas. El día que están incluidas en el menú merece la pena sentarse a su lado y verla almorzar. En cuanto aparece delante el plato sonríe y su cara redondita, morena y gentil se ilumina. Abre los ojos brillantes y vivos y se relame. Enseguida empieza a degustarlas con mucha tranquilidad, paladeándolas como si tomara uno a uno el sabor de los pequeños granos redondeados. En una ocasión se encontraba con su familia de viaje por las tierras del sur de Salamanca, recorriendo los diminutos pueblos de la Sierra de Francia. Uno de esos días después de pasar toda la mañana de visitas turísticas y recorriendo senderos pintorescos al pie de arroyos cristalinos y bosques húmedos y frondosos, Lucía llegó con sus padres a La Alberca y entraron en un pequeño y acogedor restaurante situado entre los soportales de madera y piedra de la plaza del pueblo. Era uno de esos restaurantes familiares, con el suelo de barro y las techumbres artesonadas, decorado con aperos del campo y de la matanza y una enorme chimenea de pizarra que iluminaba y templaba los rostros fríos y cortados por el aguanieve. Siempre que entraban en un restaurante Lucía tomaba la carta y leía silabeando uno a uno los platos esperando encontrar las ansiadas lentejas. En esta ocasión no iba a ser menos. Lucía tomó la carta y empezó a leer. Mientras tanto, un camarero se acercó a la mesa y les ofreció el menú del día: “De primero, lentejas o sopa castellana”. A Lucía se le iluminó el rostro; ya no había porqué seguir leyendo, tomaría, sin duda, lentejas. Cuando el camarero regresó para ofrecerles el segundo plato del menú, Lucía miró a su madre con cara de incertidumbre y preguntó: “¿Puedo repetir lentejas?”
En los libros dedicados a la historia de la gastronomía se sigue la pista de las lentejas desde la civilización egipcia. Las menciona con grandes halagos Virgilio en su Geórgicas  y Plinio las clasifica con todo lujo de detalles. Según Apiano de Alejandría, “al comer lentejas de Egipto el hombre se vuelve alegre y divertido” y por eso era el plato principal de las cenas funerarias de los romanos porque tenían la virtud de alegrar a los llorones y deprimidos.
Debe ser ese el motivo por el que Lucía es una chica tan alegre y divertida.
Hoy la he visto gozar durante el almuerzo con un plato de lentejas estofadas con taquitos de jamón y espinacas. Mientras la observaba comer pensaba que estos días de vuelta en los que los gimnasios se llenan, se venden los productos light más que nunca y la cerveza vive sus horas más bajas, no estaría mal disfrutar de un sabroso plato de lentejas que acabe con el desánimo postvacacional.
Ángela Gutiérrez