A Borges (In memoriam)


 Imaginemos un personaje. Un hombre joven, de profundos ojos oscuros, intensos. Un egipcio de piel morena y brillante, con labios carnosos y perfilados, voz suave, tranquila y espíritu viajero. Un buen lector, curioso y temeroso al mismo tiempo. Arriesgado en su vida e inquieto en su pensamiento. Se busca la vida como puede y como lo dejan.
Imaginemos a ese personaje en un lugar. Llegó desde Egipto, desde Alejandría, ciudad mítica que abandonó por falta de trabajo y exceso de inquietudes. Aterrizó en Europa, en un país que le permitía pensar en árabe y comunicarse en francés, uniendo las lenguas, la armonía sonora del francés con el delicioso pentagrama que dibuja el árabe. Se instaló en Suiza, en Ginebra, ciudad de tradición cosmopolita que durante el siglo XX había sido lugar de reunión habitual para revolucionarios y conspiradores.  Que con el devenir de los años se ha convertido en una ciudad donde viven y trabajan miles de personas sin papeles, extranjeros de cualquier raza y lugar.  Una ciudad con parte vieja, enmarcada entre callecitas empedradas que envuelven a los habitantes en aires de otros tiempos y que parece estar hecha de invierno, de nieve y de viento.
Imaginemos un tiempo. Un tiempo de prosperidad, de ilusiones europeístas en una ciudad neutral como Ginebra. Un tiempo de proyectos comunitarios, de ilusiones de una Europa que se instituía, allá por los años ochenta, en símbolo de la libertad frente a las  dictaduras argentinas o chilenas, frente  a la recién estrenada democracia española. Un tiempo de esperanza, de puertas abiertas a ciudadanos de otros pueblos como nuestro personaje. Un tiempo en el que la tranquila e imparcial Suiza aún no estaba invadida del todo por los mafiosos del nuevo orden mundial.  Imaginemos a nuestro egipcio de Alejandría en la Ginebra de 1985.
Imaginemos un suceso. Una mujer madura, con aspecto de extranjera, lee el periódico buscando entre sus líneas un profesor que esté dispuesto a desplazarse hasta un hotel, situado en la Rue de la Maatress,  para impartir clases de japonés a domicilio. Ella y su pareja desean poder continuar allí con sus clases de esa lengua oriental. Pero no encontró lo que buscaba. Sin embargo, el deseo de aprender, de mantener su vida igual que la habían llevado en otras ciudades, la pasión por las lenguas que compartía con su marido le llevó a fijarse en un pequeño anuncio por palabras. Se trataba de un egipcio que se ofrecía para dar clases de árabe a domicilio. A los dos les entusiasmó la idea.
Imaginemos un conflicto. Esta mujer y su compañero, con el que se casaría por poderes pocos meses después, llaman por teléfono al egipcio. Era un domingo, a eso de las once de la noche, sin caer en la cuenta de que esa hora en Suiza, y conociendo la precisión de sus relojes, es como interrumpir el sueño en plena madrugada.  Al otro lado del teléfono, la suave voz del egipcio de Alejandría, asustada y desconcertada por la hora, pregunta quién es y halla la apasionada oferta de esta mujer que le pide encarecidamente recibir clases de árabe. El egipcio le pregunta para qué quería dar esas clases. Ella le cuenta que es profesora de literatura y que en su país no tiene esa oportunidad. El egipcio comprendió a la perfección que no podía decir que no, que la voz madura, persistente y firme de la extranjera no aceptaría una negativa.
Imaginemos un desenlace. Dos días después, nuestro personaje, ese egipcio de Alejandría que se ofrecía para dar clases de árabe, llama a una puerta de una habitación de un pequeño hotel de Ginebra.  Cuando la mujer abrió la puerta, el egipcio de Alejandría  reconoció, sentado al fondo de la habitación, a Borges  y comenzó a llorar. “He leído toda su obra traducida al árabe. ¿Por qué no me lo dijo antes?“ preguntó entre lágrimas.  “Las cosas tienen que hacerse de corazón” respondió la mujer. Durante unos meses, el egipcio de Alejandría enseñó árabe a Borges y a María Kodama, su mujer, y escribía sobre la piel de un Borges ya enfermo, viejo y ciego los deliciosos trazos de la escritura árabe.
Ángela Gutiérrez
Junio 2011
Anuncios

2 pensamientos en “A Borges (In memoriam)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s