EL CALLEJÓN DEL GATO


 Me atraen los espacios literarios. Siento una curiosidad desbordada por conocer de primera mano los lugares en los que ocurren historias que leo. Creo que ese interés se despertó en mí a una edad muy temprana, cuando visité la Alhambra por primera vez, estando todavía en el colegio y después de haber leído a Washington Irving. De esa visita granadina y de la lectura de Los cuentos de la Alhambra surgió, como en cadena, un nuevo y mágico lugar: debía subir hasta el Mulhacén que, según la leyenda, recibe ese nombre porque la princesa árabe Zoraya  llevó hasta el pico más alto de Granada a su enamorado, el sultán Mulay Hacen, para darle sepultura.
Después vinieron muchos otros espacios; los paisajes machadianos de Castilla, la penetrante Galicia de Valle Inclán, la vetusta Oviedo de La Regenta, los Andes mágicos del Lituma de Vargas Llosa, los olores del aceite de la Sierra de Mágina de El jinete polaco, los molinos quijotescos de Campos de Criptana, los tenebrosos cementerios de Lake Distrit de  William Wordsworth, el Somers Town de Mary Shelley,  el París de Madame Bovary , las hermosas callejuelas de la Praga de Kafka, la calle Aire donde nació Cernuda… y tantos otros que se quedan en el tintero por falta de tiempo o de presupuesto la mayoría de las veces.
De todos los que ha habido y, creo que de los que vendrán, hay uno al que siempre que puedo regreso: el Callejón del Gato. Cuando llegué allí la primera vez, después de despistarme ,afortunadamente, por los entresijos del centro de Madrid, aún existían los espejos deformantes en los que un Max Estrella agonizante acababa de una vez por todas con el país imperial para convertirlo en esperpento literario porque el pictórico creo que ya lo plasmó magistralmente décadas antes Goya.
Eran los primeros años de la década de los ochenta y el Callejón del Gato era un lugar bullicioso y oscuro que olía a repollo, a guisos y a frituras, frecuentado por turistas durante el día, que se miraban en aquellos insultantes espejos de cuerpo entero, uno cóncavo y otro convexo y que convertían alternativamente a los españoles y a los visitantes en Quijotes y Sanchos de un país que despertaba a la democracia y a la libertad.
El Callejón del Gato es hoy un hervidero de tascas y tabernas. Cuando paso por Madrid con tiempo de pasear, nunca renuncio a visitar el callejón y, aunque sigue oliendo a repollo, guisos y frituras, el paso del tiempo ha dejado sus marcas para bien o para mal y nos invita a reflexionar sobre la fugacidad y la volatilidad de las cosas terrenas. Quizá hoy no sea más que un reflejo de lo que Max Estrella y Don Latino de Híspalis contemplaron: los espejos de cuerpo entero, grandes y divertidos han sido sustituidos por dos sucedáneos en los que ya nadie se mira y se hallan protegidos tras unas cristaleras para evitar que el vandalismo acabe con ellos como acabó con los originales en la década de los noventa. Me siento en una mesa alta, pido unas bravas y una cerveza y no puedo evitar mirar a través de aquel bohemio miserable, ciego y pobre que se retiró allí casi a morir, a reflexionar en sus horas postreras y que nos dejó para siempre la tragedia de una España transformada en esperpento, en caricatura patética y grotesca de sí misma.
Son fugaces sí, las cosas materiales; las inmateriales parecen devolvernos el reflejo de los espejos durante toda la vida. Y, como decía Max Estrella a Don Latino en Luces de Bohemia, “las imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas”.
Ángela Gutiérrez
Junio 2011
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