DE FERIA

Llegué temprano. A eso de las diez de la mañana las casetas comenzaban a abrirse y delante de mis ojos empezaba a vislumbrarse una especie de paraíso. Los árboles del Retiro se balanceaban suavemente por la brisa  y amortiguaban el ruido de los coches que invadían  la cercana avenida de Atocha. El paseo se llenaba de colores que esparcían las portadas de los cientos, miles de libros que aparecían lentamente, al compás de mis pasos. Tenía tiempo. Tenía todo el día para curiosear. Entre mis manos llevaba un programa del día con los detalles de los actos que, como un milagro, acontecerían en la feria del libro. Con la tranquilidad  de un jubilado y la avidez de un niño inspeccionaba el folleto con detalle, seleccionando aquello que despertaba mi interés o mi curiosidad. Anotaba la hora y marcaba en el mapa el lugar de la celebración. Entre la apretada y variada oferta mis ojos se encandilaron y, no sé si fue mi cabeza o mi corazón, quienes tomaron la decisión. Librería Reno, caseta 253, a las 12,00 horas. Allí estaría.
Y allí estaba. Mucho antes de las doce, aguardando en una cola con mi libro en la mano. Ese libro que casualmente me acompañaba en este viaje fugaz, que aún no he acabado de leer pero que mantiene ocupada mi cabeza desde la primera palabra. Un rato después aparecía ante mi vista. Sentado tras una mesa sencilla y austera, Antonio Muñoz Molina firmaba ejemplares de sus libros a aquellos que se acercaban. Desde una distancia media observaba sus gestos, las charlas con los lectores, la sonrisa templada. Cuando me iba acercando, percibía el tono de su voz que me resulta familiar porque he asistido a alguna conferencia,  a algún curso y porque parece emanar así, tal cual es, de sus novelas. No siento especial atracción por las personas famosas, me interesa su obra mucho más que ellas, pero debo  reconocer que con Muñoz Molina me emociono. Cuando leí, hace muchos años El jinete polaco me embarqué en un viaje por la Sierra de Mágina y descubrí allí los olores del aceite y de las almazaras; los mismos olores que impregnaban mi nariz en mi infancia, cuando corría entre los capachos redondos de esparto por el molino de mi pueblo al que me llevaba mi abuelo cuando iba a descargar la aceituna.
Llegaba mi turno. Con una tupida barba canosa, y las gafas apoyadas en la punta de la nariz, me miró por encima de las lentes y sonrió. “Antonio” dijo. “ Encantado de saludarte”.  Me presenté, me senté a su lado y charlé un ratito con él de mis libros y de mis alumnos, de mis clases y de mis cansancios, de mi pasión por las palabras.  Abrí el libro que llevaba entre mis manos, manoseado, con olores a tabaco y azahar. Le conté que estaba en plena lectura. “Ando por la página 486, aún me quedan casi seiscientas.  Llegué ayer desde Sevilla con la única compañía de este libro”. En la noche de los tiempos ha regresado hoy conmigo firmado por su autor.
Ángela Gutiérrez
Junio 2011
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2 pensamientos en “DE FERIA

  1. ¡Que encuentro más bonito! El libro Vivo se encontrara con su creador gracias a ti. No se si a Don Antonio le emocionaría tanto como a mi al imaginarlo. Tú logras emocionarme a mi con tus palabras escritas. También están Vivas tus palabras.

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