ESTAMPA

Pura estampa. Él, un señor maduro, rondando los cincuenta, de estatura media, vestido con un traje de chaqueta oscuro, camisa azulada y corbata desentonada. Entre sus dedos, un vaso largo de cerveza Cruzcampo y un cigarrillo rubio que saborea después de engordar su panza con un buen plato de jamón serrano y unos daditos de tortilla de patatas. Erguido, con la frente despejada, charlotea con sus amigotes del último partido de fútbol, de los sabrosos langostinos que tomó en sus pasadas vacaciones en Matalascañas y del disgusto que se llevó con la lluvia del Jueves Santo. Repeinado, pasea por el parqué saludando a los presentes, sin mirarles a los ojos, más pendiente del que acaba de entrar que del que tiene delante. Sin prestar atención, se acerca de cuando en cuando a un grupo de señoras que, sentadas en torno a una mesa, degustan una copa de manzanilla y observan con desconfianza y recelo todo aquello que no pertenece a su grupo. Al dejar sobre la mesa unos platos de queso y de gambas muestra el magnífico reloj dorado y los gemelos adquiridos en cualquier joyería de la calle Sierpes.
Pura y nítida estampa.
Ella, sentada junto a un grupo de amigas; lleva un traje de chaqueta de color rosa chicle combinado con un top estampado en tonos a juego. La tez morena intencionadamente maquillada. Luce una media melena teñida de rubio tostado a través de la cual se entreven las perlas que adornan sus orejas. Uñas pintadas de rojo y dedos repletos de anillos. Cadenitas doradas se apiñan junto al reloj pequeño y brillante convirtiendo sus muñecas en unas maracas de las que cuelgan medallitas, bolitas y otros tipos de abalorios. Zapatos altos de tacón fino, medias de verano que tiñen de sol los tobillos gruesos, escasamente marcados. Entre gamba y gamba aún tiene tiempo de chismorrear, de contar sus envidias y presumir de sus frustraciones con la pandilla de clones que la acompaña.
Una pincelada de color.
Ellos, una pareja de novios. Morenos, con camisa y pantalón entallado, se han despojado de la chaqueta. Entre sorbo y sorbo de manzanilla acompañan con las palmas al compás de la música que otros amigos ya zapatean. Sonrisa amplia, alegría de feria que les empuja a saltar al albero y marcarse unas sevillanas.
Silencio. La música se detiene. Los gestos sombríos y rudos de aceleran y se agrian. Ellos, la pareja de homosexuales abandonan la caseta de feria ante la agitación de los abalorios de ella y los improperios del señor con corbata desentonada.
Asco. Siento asco de esta estampa.
Siento pena por esta Sevilla amurallada, terca y recelosa que se empeña en mirarse un ombligo hundido y envejecido. Siento pena por esta Sevilla que abre sus puertas a los polígonos industriales de Nueva Torneo, a los graffiti del Polígono de San Pablo  o a las setas de la Encarnación y al mismo tiempo clausura sus puentes a las libertades personales. Me da pena esta ciudad que, parafraseando a Unamuno, está empeñada en sevillanizar el mundo.
Ángela Gutiérrez
Mayo de 2011
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