CAPRICHOSA MEMORIA


 “Lo que nos diferencia de los animales es que somos capaces de contar hacia atrás” decía uno de mis maestros de colegio. Y es cierto. Contar hacia atrás es una prueba de que tenemos memoria y esa es una de las facultades que distingue al ser humano de los otros animales. Es verdad, tenemos memoria, pero hay que ver lo volátil, efímera y caprichosa que resulta a veces. 
Hace unos días, Marga, escribía en su muro de Facebook “hoy no puedo quitarme de la cabeza esta canción” y colgaba un enlace que al abrirlo lanzaba al viento la melodía de aquella canción que me cantaba mi abuela cuando era pequeña “A mi burro, a mi burro le duele la cabeza…” ¡Qué tortura!, pensé.
Posiblemente, al anochecer, cuando aún con el soniquete en la cabeza Marga se metiera en la cama, tendría la impresión de que lo había olvidado todo, de que su cabeza estaba inundada por el burro. Al menos, esa es la sensación que a mí me producen estos caprichos de la memoria.
A duras penas soy capaz de recordar el nombre de mi primer maestro. He olvidado cómo aprendí a leer y casi todos los libros que me removieron el estómago y el corazón cuando los leí. He olvidado melodías que bailé acurrucada a la luz de la luna y guitarras eléctricas y percusiones que me hicieron saltar eufórica en las discotecas de mi adolescencia. He olvidado películas que me emocionaron, que derramaron mis lágrimas casi si fin y chistes con los que sentí agujetas de la risa. He olvidado ciudades, vuelos y viajes que en aquel momento me parecieron las Mil y una noches. He olvidado el teorema de Pitágoras y cómo es eso de sentir mariposas en el estómago. He olvidado rostros, nombres de personas que marcaron mi vida. He olvidado a quiénes he besado y las voces de los me dejaron para siempre. He olvidado letras de canciones y de poemas que recitaba para sumergirme en la melancolía y la añoranza. He olvidado cómo se jugaba al parchís y al catre. He olvidado puestas de sol y playas solitarias que decoraron mis amores. He olvidado teorías filosóficas que me entusiasmaron y pinturas luminosas que me enseñaron a mirar.
Pero a veces, algún día, porque sí, sin más, mi memoria recuerda como una letanía, esa canción. Irrumpe con tal derroche de detalles que me provoca estupor; desde que me despierto por la mañana, se instala machacona y tediosamente en mi cabeza como si fuera a quedarse ahí el resto de mi vida. Caprichosa memoria.
Ángela Gutiérrez
Mayo 2011-05-20

EL GRITO DEL SENTIDO COMÚN


 Ayer me di una vuelta por las Setas. Lo siento, pero no puedo controlar mi curiosidad; no he aprendido, ni he puesto interés en hacerlo, a reprimir ese ímpetu que me lleva a estar siempre pegada a la actualidad. Es un estado constante de búsqueda que me ayuda a comprender un poco mejor este mundo y a la par a comprenderme a mi misma.
Me encontré con mucha gente (en esta ciudad es difícil hallar movilizaciones tan numerosas cuyo pretexto no sea un partido de fútbol o una procesión). Había muchos jóvenes pero también había otros que no lo son tanto. Saludé a algunos conocidos; profesores, compañeros de trabajo de años atrás, amigos y antiguos alumnos que hoy engrosan las listas del paro, los cursos de doctorado y las escuelas de idiomas. Charlé con todos ellos y con muchos otros que no conocía de nada.
Cuando regresé a casa me sentía confortada, espectante. Ese paseo me había provocado un subidón, la sensación de que probablemente ya nada sea del todo igual aunque solo sea porque, por primera vez, tengo la certeza de que mucha gente recorre el camino sin dejar que nadie se lo marque.
Si uno lee con detenimiento el manifiesto y las propuestas del movimiento Democracia real Ya, tiene la impresión de que cualquiera, de que todo el mundo lo suscribiría inmediatamente. Son peticiones y propuestas de sentido común y creo que esa es una de las claves del éxito. Han puesto de manifiesto que los partidos políticos, los poderes económicos y mediáticos han perdido el sentido común.
Llevamos meses, ¡años!, contemplando cómo nuestros representantes desarrollan políticas que no consiguen más que conducirnos a una situación cada vez más precaria: recortes salariales humillantes, descapitalización de servicios públicos esenciales, privatizaciones, políticas de seguridad racistas y xenófobas, mercantilización de las relaciones sociales…
Llevamos meses, ¡años!, asistiendo a un espectáculo de mentiras que quedan impunes, de programas electorales que son papel mojado, de connivencia con las grandes empresas que chantajean, de hermanamientos con los abusos de la banca, de encubrimientos mutuos ante los sobornos, los favores, la malversación, el enriquecimiento ilícito, la corrupción.
En definitiva, esto parece un corral de comedias cuya función representa el ataque directo a principios democráticos que creíamos intocables.
Mientras esto ocurre entre nuestros representantes, en las instituciones públicas, la gente se muestra visiblemente harta, cansada.
Los movimientos ciudadanos que en estos días acontecen por toda la geografía española y que prometen extenderse como la pólvora a otros países europeos, lo han puesto de manifiesto, pero no de cualquier manera. Salen en defensa de esos principios democráticos porque ellos son soberanos y los demás están donde están para representarnos, para servir a las personas y no a la banca, al mercado, al beneficio propio.
Han irrumpido en plena campaña electoral desbordando y descolocando a los políticos, entre otras cosas, porque en sus pancartas y declaraciones hay más propuestas políticas y sociales que en los programas de los partidos políticos.
Han conseguido marcar la agenda de los medios de comunicación compitiendo con las caravanas electorales, con la detención del director del presidente del Fondo Monetario Internacional o el descalabro de Berlusconi.
Gritan pacíficamente por todas las plazas del país y dan miedo, por eso hay quienes los han convertido en un problema de orden público y tejen artimañas para enviarlos a sus casas, para acallar sus voces. Y, como leí ayer en la prensa, “que si los ciudadanos les damos miedo, ni pueden protegernos ni merecen representarnos; que si ni saben, ni quieren, ni pueden, que renuncien”.
Gritan sin miedo porque lo que está en juego es la honestidad, la dignidad y el sentido común de una sociedad que defiende con uñas y dientes el Estado de Derecho y el derecho a soñar con un mundo mejor.
Puede que tengan razón los que dicen que la democracia está en peligro, por eso los ciudadanos hemos salido a defenderla.
Ángela Gutiérrez
Mayo de 2011

ESTAMPA

Pura estampa. Él, un señor maduro, rondando los cincuenta, de estatura media, vestido con un traje de chaqueta oscuro, camisa azulada y corbata desentonada. Entre sus dedos, un vaso largo de cerveza Cruzcampo y un cigarrillo rubio que saborea después de engordar su panza con un buen plato de jamón serrano y unos daditos de tortilla de patatas. Erguido, con la frente despejada, charlotea con sus amigotes del último partido de fútbol, de los sabrosos langostinos que tomó en sus pasadas vacaciones en Matalascañas y del disgusto que se llevó con la lluvia del Jueves Santo. Repeinado, pasea por el parqué saludando a los presentes, sin mirarles a los ojos, más pendiente del que acaba de entrar que del que tiene delante. Sin prestar atención, se acerca de cuando en cuando a un grupo de señoras que, sentadas en torno a una mesa, degustan una copa de manzanilla y observan con desconfianza y recelo todo aquello que no pertenece a su grupo. Al dejar sobre la mesa unos platos de queso y de gambas muestra el magnífico reloj dorado y los gemelos adquiridos en cualquier joyería de la calle Sierpes.
Pura y nítida estampa.
Ella, sentada junto a un grupo de amigas; lleva un traje de chaqueta de color rosa chicle combinado con un top estampado en tonos a juego. La tez morena intencionadamente maquillada. Luce una media melena teñida de rubio tostado a través de la cual se entreven las perlas que adornan sus orejas. Uñas pintadas de rojo y dedos repletos de anillos. Cadenitas doradas se apiñan junto al reloj pequeño y brillante convirtiendo sus muñecas en unas maracas de las que cuelgan medallitas, bolitas y otros tipos de abalorios. Zapatos altos de tacón fino, medias de verano que tiñen de sol los tobillos gruesos, escasamente marcados. Entre gamba y gamba aún tiene tiempo de chismorrear, de contar sus envidias y presumir de sus frustraciones con la pandilla de clones que la acompaña.
Una pincelada de color.
Ellos, una pareja de novios. Morenos, con camisa y pantalón entallado, se han despojado de la chaqueta. Entre sorbo y sorbo de manzanilla acompañan con las palmas al compás de la música que otros amigos ya zapatean. Sonrisa amplia, alegría de feria que les empuja a saltar al albero y marcarse unas sevillanas.
Silencio. La música se detiene. Los gestos sombríos y rudos de aceleran y se agrian. Ellos, la pareja de homosexuales abandonan la caseta de feria ante la agitación de los abalorios de ella y los improperios del señor con corbata desentonada.
Asco. Siento asco de esta estampa.
Siento pena por esta Sevilla amurallada, terca y recelosa que se empeña en mirarse un ombligo hundido y envejecido. Siento pena por esta Sevilla que abre sus puertas a los polígonos industriales de Nueva Torneo, a los graffiti del Polígono de San Pablo  o a las setas de la Encarnación y al mismo tiempo clausura sus puentes a las libertades personales. Me da pena esta ciudad que, parafraseando a Unamuno, está empeñada en sevillanizar el mundo.
Ángela Gutiérrez
Mayo de 2011