NO HAY UN PLAN


 Amalia estaba tumbada en la cama de un hospital. Su cara, pálida y descolgada, con los labios blanquecinos parecía más perdida que nunca. Inmóvil, pequeñita, como consumida por el miedo, abría de cuando en cuando los párpados que se desplomaban rápidamente sobre sus ojeras como si de ellos colgaran piedras de molino. Eduardo, su marido, la contemplaba desde los pies de la cama. Miraba con detenimiento su muñeca izquierda en la que tenía inyectado el suero y los medicamentos que trataban de reanimarla. Seguía el recorrido de cada gota que bajaba por el tubo hasta perderse por los entresijos del cuerpo frágil de Amalia. Observaba ansioso los monitores que registraban los lentos latidos de su corazón y volvía a centrar su mirada en el rostro de su mujer.
A penas doce horas antes, mientras él terminaba de asearse, Amalia preparaba el desayuno para él y para sus hijos. Se despidieron como cada mañana desde hacia algunos meses, los mismos que Amalia llevaba sin trabajar. Desde que la despidieron de la empresa distribuidora de libros en la que había trabajado los últimos cinco años no se encontraba muy bien. Después de tomar un buen café con tostadas, Eduardo se despidió con un beso, se marchó al trabajo y dejó a Amalia vistiendo apresuradamente a los niños para no llegar tarde a sus clases. Se verían al mediodía, en torno a la mesa de nuevo, para disfrutar de un almuerzo en familia rápido y cotidiano.
Hacia las dos y media, Eduardo, a punto de abandonar el instituto donde trabajaba como administrativo, recibió una llamada de teléfono. Nadie había recogido aún a sus hijos. Su corazón dio un vuelco; colgó inmediatamente el teléfono olvidando dar las gracias al director del centro y llamó al móvil de Amalia. Nadie descolgó. Tampoco había nadie en casa.
Eduardo sabía que Amalia no estaba bien. Llevaba meses viendo la tristeza en su rostro, la apatía en su cuerpo; la había escuchado llorar desconsolada, decir de sí misma que era una inútil, que no servía para nada, que debía desaparecer y dejarlos vivir tranquilos, alejados de sus miedos, de sus frustraciones. Amalia sabía que la habían sustituido por otra más joven, con la piel tersa y luminosa, las tetas firmes y una sonrisa amplia y superficial. Una de esas sonrisas de plástico que tanto agradecen los clientes pero que no tiene nada detrás. Desde luego no una sonrisa  de verdad, no una sonrisa plena como la suya que reflejaba noches de insomnio por la fiebre de un niño, tartas de cumpleaños, paseos por la playa y besos generosos y dulces.
María, una chica joven y ruda que iba un par de días a la semana a ayudarles con las tareas de la casa, confirmó a Eduardo que su mujer tenía previsto esa mañana dejar a los niños en el colegio, conducir hasta la piscina como cada día para nadar durante una hora y que después debía hacer algunas compras. Amalia también dijo a María que cerrara bien la puerta que ella no regresaría hasta después de recoger a los niños. Eduardo, nervioso, con los ojos intensos y asustados se montó en el coche y se dirigió a la piscina. Amalia no había nadado esa mañana. Recordó entonces que  iba a acercarse a la droguería a comprar unos cordones para las persianas del lavadero, pero allí tampoco encontró rastro alguno de su mujer.
Movilizó a la familia, a los amigos más cercanos, a los conocidos y reconstruyó paso a paso, como un sagaz detective, cada uno de los lugares que podría haber recorrido Amalia en esas horas. Nadie la vio después de dejar a los niños.
Con una mano en el volante y la otra ocupada con el móvil, Eduardo marcaba una  y otra vez el número de su mujer; miraba desesperado a un lado y a otro de la calle, deseando encontrar a Amalia saliendo de alguna tienda, parada en algún café. Intentó sintonizar las emisoras de radio esperando escuchar noticias de algún accidente en el que pudiera haberse visto implicada, pero resultaba en vano. Con un gesto adusto y enfurecido, apagó la radio y abrió la guantera del coche para, para no sabía qué. No estaban. Las llaves no estaban allí, donde siempre tenían que estar.
Marcó el 061 y con la voz atropellada, urgente, enérgica y desesperada dijo a la operadora una dirección.
En pocos minutos, los bomberos consiguieron abrir la puerta del pequeño apartamento. Era un piso luminoso, en la décima planta de un edificio costero, construido en los años setenta y situado a la orilla del mar, a unos cuarenta y cinco minutos de la ciudad, propiedad de los padres de Amalia. Desde pequeña había pasado allí sus vacaciones y ahora, Eduardo, ella y sus dos hijos disfrutaban del apartamento durante parte del verano, compartiéndolo por quincenas con sus hermanos.
Cuando Eduardo llegó al apartamento, Amalia ya había sido trasladada al hospital. Los bomberos la encontraron dormida en la cama, prácticamente sin pulso.
Amalia abrió torpemente los ojos e intentó decir algo, mirando más al limbo que a Eduardo que estaba a sus pies. La garganta aún le hervía; sentía el dolor, la aspereza del tubo que había penetrado hasta lo más hondo y había limpiado su cuerpo del exceso de barbitúricos. Se sentía derrotada, como si la vejez hubiese llegado de golpe.  Eduardo se acercó pidiéndole que no se esforzara, tranquilizándola, diciéndole que todo estaba bien. Con las manos temblorosas, sorteando los tubos y aparatos que rodeaban el cuerpo de su mujer, acariciaba su cara. Torpe, incapaz de decir nada, Eduardo miró suplicante a la doctora que se había colocado al otro lado de la cama, frente a él. “¿Y ahora qué? No hay un plan para esto” pensaba. Con una sonrisa amable, Eduardo comprendió, como si fuera el eco, las palabras de la doctora que acercándose a los labios de Amelia dijo: “Todo irá bien. Nunca he visto a nadie que quiera morirse”.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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