CARTAS DE AMOR

Llevo muchos años viviendo en el mismo lugar. La misma ciudad pequeña,  el mismo barrio familiar y tranquilo. Llevo muchos años recorriendo las mismas tiendas, saludando a los camareros del bar de la esquina y al mecánico y a Antonio, el de la papelería de enfrente, y al farmacéutico y a la señora del estanco. Llevo muchos años viviendo en la misma casa. Una casa como la de los pueblos, de dos plantas, con un pequeño patio y una azotea templada y cálida en los días de primavera, con las gitanillas en flor y el airecillo fresco de la noche invitando al reposo.  Hace unos días, un sábado por la mañana, conocí al cartero. Me ha dejado muchas cartas a lo largo de estos años, pero nunca nos habíamos encontrado. Cada mañana se acerca y deja por debajo de la puerta los extractos de los bancos, las facturas de la luz, del agua, del teléfono… Ese sábado nos presentamos y se mostró amable, contento de haberme conocido. Por fin ponía cara a ese nombre tan familiar y yo,  por fin ponía cara al mensajero aunque ahora no lo espere con la misma impaciencia que antes, cuando las cartas que recibía eran de las de verdad, de aquellas que alguien te enviaba después de haberse tomado un tiempo para pensar en ti, para pensar en tu familia, en tus amigos.
Recuerdo mi adolescencia como una época de producción imparable y continua. Mi madre había preparado una habitación en la planta alta de la casa, al lado de la cristalera de la azotea, luminosa, aislada y acogedora. Cada tarde, sobre todo en esas tardes de invierno en las que las montañas del pequeño pueblo de sierra donde vivía se cubrían de nubes densas y plomizas, a punto de desgarrarse en una tormenta, me sentaba en aquella habitación soleada al calor del brasero. Me acomodaba en la camilla grande, espaciosa, vestida con unas enagüillas pesadas y confortables y me disponía a estudiar, a hacer los deberes, a leer y emprendía la fructífera tarea de escribir una carta de amor. Nunca empezaba con las mismas palabras, se renovaban cada tarde como se renovaba el amor adolescente,  que me mantenía alerta, pensando en mi, escarbando en mi interior, entre los sentimientos y las emociones carnales y etéreas que me iban construyendo poco a poco.
Al principio me imaginaba como escribiendo desde el exilio, entre líneas, diciendo las cosas a medias, sin atreverme a marcar con la tinta la huella de uno y mil besos deseados, apasionados y torpes.
A veces me quedaba largo tiempo mirando la carta. Veía las palabras, las releía una y otra vez ya en la oscuridad de la noche y, de la misma manera que Kafka por fin retenía el rostro de Milena Jesenska entre sus manos a través de sus cartas, yo podía ver el rostro de mi amado a través de las mías. Lo imaginaba con la cabeza baja y sentía cómo mis dedos acariciaban su barbilla y con un leve movimiento levantaban el rostro que por fin podía ver.
Otras veces sentía enormes deseos de romperlas, de no enviarlas, de callar, de ahogar las palabras en lo más profundo de la desconfianza que se tornaba insoportable y borrosa al mismo tiempo.
Echo de menos las cartas de amor y no es melancolía. A menudo pienso en ellas, en cómo sería volver a leerlas.  Quizá me encontraría ante una extraña que se desnuda poco a poco, ante un tiempo perdido, ante la crónica de mi juventud, ante lo que veía y lo que soñaba.  Me sentiría, tal vez, como Jorge Guillén que, después de la muerte de su esposa, se encerró en su habitación durante varios días a leer las cartas que él le había escrito a lo largo de su vida.
Ahora que no parece haber tiempo para las cartas de amor porque vivo, vivimos, en la dictadura de la urgencia, como dice una novelista peruana,   apresurados, en medio de la vorágine que no nos deja reposar nuestros pensamientos, sin encontrar serenidad para mirar reposadamente, para leer reposadamente, para sentir reposadamente; ahora me gustaría recuperar mis cartas de amor para encontrarme con esa extraña que me ayudó a ser lo que hoy soy.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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3 pensamientos en “CARTAS DE AMOR

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