INUNDACIÓN

Lo descubrí por casualidad. Un domingo, una soleada y primaveral mañana de domingo, salí con mi familia a dar un paseo con las bicicletas por la orilla del río. De vuelta, cuando el sol empezaba a calentar, a eso de las doce y media, hicimos una parada para refrescarnos, ya cerca de casa, en un pequeño y familiar bar. El establecimiento, que regenta desde hace algunos años Luis, está situado en una alegre placita, con veladores al sol, rodeada de naranjos, rebosante del olor a azahar que inunda la ciudad por estos días. Aparcamos las bicicletas y nos acomodamos en una mesa, en una entre sol y sombra, como decimos por aquí. Pronto llegó hasta nuestros oídos una música alegre, movida, acompañada por la percusión, el piano y las palmas que se iniciaron al tiempo que sonó el saxo. Le siguieron las voces melódicas, armónicas de un coro que inundó la plaza como el azahar y de inmediato nos sentimos cautivados. La primera en acercarse fue mi hija. El sonido salía de  un local, un bajo situado en una de las esquinas de la plazoleta con grandes cristaleras forradas con papel por el interior y en las que todavía quedaban restos de pegatinas comerciales de helados, refrescos, hielo; la huella arqueológica de lo que debió de ser antes una tienda de ultramarinos. La niña, curiosa y atrapada por la música, entró y detrás de ella lo hice yo. Un local diáfano y luminoso, con sillas y un altar pequeño y austero apareció  ante nuestra atónita mirada. Repleto de negros y negras de pié y ataviados con sus mejores galas cantaban y hacían palmas al ritmo de gospel; se trataba de una ceremonia religiosa.
Cantaban “Walk in Jerusalem” y enseguida me sentí transportada a uno de esos templos neoyorquinos. Era como tener por vecino a uno de tantos garitos de Harlem en los que un negro mayor, con cara amable y sonrisa amplia, bate las teclas de un piano al tiempo que sus compañeros de banda golpean la batería o inflan sus mofletes al compás del saxofón.
Terminamos nuestra cerveza en el momento en que nuestros vecinos evangelistas, venidos de sabe Dios dónde, salían del templo.
Cuando llegamos a casa preparamos el almuerzo. Nos acomodamos en el patio templado, con la buganvilla y los geranios en plena eclosión primaveral y saboreamos una deliciosa paella mientras sonaba de fondo, inundando la casa, “My God is real” en la poderosa voz de Mahalia Jackson.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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