UNA VENTANA


 Madrid es una ciudad con más de un millón de cadáveres. Así empieza un desgarrador poema de Dámaso Alonso y así es posible que nos sintamos  hoy los millones de hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Al menos, así me siento yo cuando contemplo lo ocurrido en la central nuclear de Fukushima y cuando leo y escucho en los medios de comunicación las palabras de los expertos que, desconcertados nos sitúan ante un panorama nunca visto. Nadie se atreve a hacer pronósticos; nadie aventura qué pasará ante una catástrofe cuyo alcance y cuyos efectos se presentan como desconocidos, inciertos, desoladores. Lanzamos aguas al mar y es como abrir una ventana al cementerio.
En estos días, tras la lectura de las crónicas, reportajes e informes de lo ocurrido en Fukushima, me viene repetidamente, insistentemente, con frecuencia, una imagen a la cabeza; el hombre baja del caballo, cae de rodillas y entierra su cabeza entre sus manos. La cámara, que va ascendiendo y retrocediendo poco a poco, nos desvela lo que el hombre acaba de encontrar: derrotada, destrozada,  medio enterrada en la arena y bañada por las olas aparece la Estatua de la Libertad. ¿De qué sirve que el único ser humano sobreviviente en el Planeta de los Simios se salvara? Da lo mismo, el hombre ya ha demostrado su estupidez, su capacidad destructiva, su poder mortificante.
El mar sereno y tranquilo, símbolo del potencial humano, se muestra hoy ante nuestros ojos como un vertedero gigante, un lugar que contemplan millones de cadáveres. Recuerdo una anécdota biográfica del escritor uruguayo José Enrique Rodó. Contaba que, cuando era joven, vivía en una residencia de estudiantes en Montevideo que lindaba con un cementerio. Muchos de sus compañeros saltaban por las ventanas de sus dormitorios para disfrutar de la noche joven y alocada. La ventana de su habitación daba justo a la explanada del cementerio así que debía atravesarlo para llegar hasta la música, las chicas y la diversión. En una ocasión le preguntaron si no le daba miedo cruzar el cementerio en la oscuridad de la noche y él contestó que a lo único que había que tener miedo, temer de verdad, era a los vivos. 
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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