A CIEGAS (Inspirado en un Angulo, “Fuera de mí”)

Los aviones volaban muy bajos por esa zona de la ciudad. A eso de las diez y media de la mañana, Lucas acostumbraba a salir de la oficina y hacer un pequeño descanso. Pedía un café cortado en el bar más cercano y salía a la calle a tomar el sol mientras se fumaba un cigarro. Trabajaba a las afueras de la ciudad, en un entorno no especialmente agradable, pero soleado y rodeado de árboles. El ruido del tráfico cercano era constante y las calles tenían un cierto aire de frialdad, casi de polígono industrial. Cerca estaba el aeropuerto y, aunque el rugir atractivo y potente de los aviones llegaba hasta allí amortiguado, se escuchaba a lo largo de todo el día. Volaban bajos y desde la explanada donde Lucas tomaba su cortado en vaso de plástico, se podía ver el despliegue del tren de aterrizaje, se podía leer el nombre de la compañía aérea y, como siempre pensaba Lucas, agudizando la vista, se podría ver, incluso, el rostro de los pasajeros tras las ventanillas.  Justo en el momento en que el avión sobrevolaba su cabeza, Lucas deseaba ser uno de los viajeros. Pensó que algún día lo haría; llegaría al mostrador de un gran aeropuerto internacional y se embarcaría en el primer vuelo transatlántico que despegara, sin preguntar adónde. Nunca había montado en un avión.
Lucas llevaba una vida ordenada y estable. Una de esas vidas que los padres quieren para los hijos. Un familia, un trabajo que, aunque no estaba muy bien pagado, era fijo y cómodo. Le permitía afrontar los gastos de la hipoteca,  pagar un buen colegio para sus hijos y salir, al menos una vez al año, a pasar unos días de vacaciones en la playa. Y realmente pensaba que no necesitaba más, que era, como se suele decir, afortunado.
Pero a veces, Lucas contemplaba su vida y  sentía que no era suya. Se miraba a sí mismo y veía un reflejo de Ed Crane, aquel barbero solitario, silencioso e introvertido que veía pasar su vida como una sucesión de diapositivas en blanco y negro en la película de Joel Coen.  A menudo emprendía épicos viajes interiores. Deseaba elegir la vida del pirata cojo, aquel pirata truhán, con pata de palo que recorría los mares bajo una bandera maldita y rebelde al mismo tiempo.  Otras veces, su viaje interior era más convencional y entonces se imaginaba por las calles inmensas y caóticas de Roma, sentado frente al éxtasis de Santa Teresa en la pequeña y  familiar iglesia de Santa María de la Victoria, contemplando de cerca  la escultura, la única que se había grabado a fuego en su retina durante sus estudios de arte cuando hacía bachillerato. En esos viajes se sentía como una pluma, como las mujeres voladoras de Oliverio Girondo, ligero, planeando entre las nubes y compartiendo el vuelo con los pájaros.
Una tarde, mientras echaba horas extras y vacías de trabajo, decidió emprender una aventura. Hizo girar un globo terráqueo, uno de esos que tenía en el colegio cuando era pequeño, y, con los ojos cerrados, posó su dedo índice en un lugar del planeta. El globo se paró como si se parara el tiempo. Allí se iría, a ese lugar elegido a ciegas por su dedo.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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