NAUFRAGO


Empezaba el día con un buen lingotazo de whisky solo. Se lavaba la cara, pasaba el peine por su pelo y se colocaba bien la camisa con la que había amanecido. A duras penas bajaba tembloroso los dos tramos de escalera que le conducían desde su apartamento hasta la calle y recorría despacio e impaciente los veinte metros que mediaban entre su portal y el bar de la esquina. Antes de entrar carraspeaba para aclararse la voz y sin dar los buenos días, apuraba de un trago el segundo whisky de la mañana que el camarero ya le había servido antes de llegar a la barra.
Cuando entraba en su clase, observaba ajeno a sus alumnos que entre risas,  lo escrutaban meticulosamente  más con el olfato que con la vista. Enseguida aparecía el compañero de guardia encargado de comprobar su estado. Se había convertido en un problema para todo el mundo.
Un día llegó peor que de costumbre. Debió caerse y apareció en el aula lleno de barro, con la camisa ensangrentada y una herida leve y escandalosa en la frente. Olía a sudor, a whisky y a humedad. Sacó del bolsillo de su pantalón vaquero una tiza, una de las blancas, de las que sueltan ese polvillo que reseca las manos, y comenzó a escribir en la pizarra rectangular, verde y poderosa. Era la única que quedaba en el centro porque él se había negado a probar los inventos digitales y los rotuladores veleda. Había sido, era, un magnífico profesor de Física y Química. Se emocionaba cuando sus alumnos recitaban la tabla periódica como si escuchara el Romance del prisionero y le llenaba de orgullo que esos mismos alumnos explicaran porqué subía el nivel del agua cuando se metían en la bañera como si fueran el mismísimo Arquímides.
Pero los elementos químicos, los alcoholes, esos que tan bien conocía, estaban haciendo estragos en él. Con frecuencia se olvidaba del horario y aparecía cuando no debía y, sobre todo, no estaba en el aula cuando tenía que estar. Salía durante el recreo y ya no regresaba. Le daban las seis, las siete, las ocho de la tarde apostado en la barra de un bar, con la mirada vidriosa, sin apenas hablar porque ya casi lo había olvidado. Raro era el día que no se enfrentaba a las protestas de un alumno, a la reclamación de una familia, a los desplantes y desprecios de algún compañero.  Tenía abiertos docenas de frentes administrativos encaminados a suspenderlo de la labor docente. Habían intentado convencerlo para que pidiera una baja laboral pero él siempre se había resistido. En su taquilla se acumulaban los requerimientos de la inspección educativa y del tribunal médico a los que él olvidaba prestar atención.  Sin embargo, el círculo era cada vez más estrecho. Iba quemando todos los cartuchos a pasos de gigante y sobre todo, iba consumiéndose él.
Los poquitos momentos de lucidez que tenía eran la viva estampa de la desesperación; ya hacía tiempo que por su cabeza no rondaba la idea de curarse; ya nunca pensaba que no volvería a ocurrir; ya había sucumbido por completo a su destino, labrado codo a codo en las barras de los bares, en las juergas con los amigos y en las noches desiertas y solitarias.
No solo se había rendido, es que no podía hacer otra cosa. Y no podía porque lo había olvidado casi todo. Se había olvidado del cine, de la música, de los libros; se había olvidado del fútbol y de montar en bicicleta; se había olvidado de una buena ducha y de un almuerzo exquisito; se había olvidado de la primavera y del miedo: se había olvidado de sonreír y de escuchar.
Su memoria, cada vez más fugaz, ya no era capaz de recordar el diario de un día completo. Solo le quedaba la tiza a la que se agarraba como un náufrago a la tabla porque sabía que, de la misma manera que él borraba las fórmulas químicas en la pizarra, el alcohol había borrado casi toda su vida.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011
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HUÉRFANA


 Durante dos o tres días me ha acompañado siempre. Ha viajado conmigo en mi mochila, en el autobús. Ha esperado en la puerta del colegio y del conservatorio. Hemos saboreado aromas de café y cigarrillos. He descansado a su lado en el sofá y me ha acomodado la almohada. He contemplado junto a él la luz de los atardeceres y la penumbra de las madrugadas. Ha envejecido a mi lado. Sus hojas se han vuelto amarillentas y, poco a poco se ha ido contagiando de mis olores. A  veces me ha traído arena de la playa como recuerdo. Se ha amoldado a mi tacto y ha perdido la virginidad entre mis dedos que lo han palpado, lo han acariciado. Ha ocupado mis pensamientos; me ha provocado ensoñaciones, interrogantes, deseos. Me ha traído respuestas, aventuras, saberes. Me ha llevado a la dicha y al desencanto, al orgullo y a la vergüenza. En ocasiones me ha hecho admirar al ser humano y detestarlo. Hemos disfrutado de la música y del desagradable ruido de fondo de un partido de fútbol televisado.
Pero ahora llega el final. Siento una soledad abrumadora. Lo cierro en absoluto silencio, un silencio solemne. Vuelvo a palparlo, a toquetearlo hasta que decido dejarlo, separarlo de mi. Durante unos días permanece cerca, merodeándome y yo me resisto a destetarme por completo. Por fin, decido colocarlo en la estantería, junto a otros que me dejaron abandonada, huérfana antes que él. Siempre me ocurre cuando termino la lectura de un buen libro, pero siempre aparece otro que me encuentra.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011

NO HAY UN PLAN


 Amalia estaba tumbada en la cama de un hospital. Su cara, pálida y descolgada, con los labios blanquecinos parecía más perdida que nunca. Inmóvil, pequeñita, como consumida por el miedo, abría de cuando en cuando los párpados que se desplomaban rápidamente sobre sus ojeras como si de ellos colgaran piedras de molino. Eduardo, su marido, la contemplaba desde los pies de la cama. Miraba con detenimiento su muñeca izquierda en la que tenía inyectado el suero y los medicamentos que trataban de reanimarla. Seguía el recorrido de cada gota que bajaba por el tubo hasta perderse por los entresijos del cuerpo frágil de Amalia. Observaba ansioso los monitores que registraban los lentos latidos de su corazón y volvía a centrar su mirada en el rostro de su mujer.
A penas doce horas antes, mientras él terminaba de asearse, Amalia preparaba el desayuno para él y para sus hijos. Se despidieron como cada mañana desde hacia algunos meses, los mismos que Amalia llevaba sin trabajar. Desde que la despidieron de la empresa distribuidora de libros en la que había trabajado los últimos cinco años no se encontraba muy bien. Después de tomar un buen café con tostadas, Eduardo se despidió con un beso, se marchó al trabajo y dejó a Amalia vistiendo apresuradamente a los niños para no llegar tarde a sus clases. Se verían al mediodía, en torno a la mesa de nuevo, para disfrutar de un almuerzo en familia rápido y cotidiano.
Hacia las dos y media, Eduardo, a punto de abandonar el instituto donde trabajaba como administrativo, recibió una llamada de teléfono. Nadie había recogido aún a sus hijos. Su corazón dio un vuelco; colgó inmediatamente el teléfono olvidando dar las gracias al director del centro y llamó al móvil de Amalia. Nadie descolgó. Tampoco había nadie en casa.
Eduardo sabía que Amalia no estaba bien. Llevaba meses viendo la tristeza en su rostro, la apatía en su cuerpo; la había escuchado llorar desconsolada, decir de sí misma que era una inútil, que no servía para nada, que debía desaparecer y dejarlos vivir tranquilos, alejados de sus miedos, de sus frustraciones. Amalia sabía que la habían sustituido por otra más joven, con la piel tersa y luminosa, las tetas firmes y una sonrisa amplia y superficial. Una de esas sonrisas de plástico que tanto agradecen los clientes pero que no tiene nada detrás. Desde luego no una sonrisa  de verdad, no una sonrisa plena como la suya que reflejaba noches de insomnio por la fiebre de un niño, tartas de cumpleaños, paseos por la playa y besos generosos y dulces.
María, una chica joven y ruda que iba un par de días a la semana a ayudarles con las tareas de la casa, confirmó a Eduardo que su mujer tenía previsto esa mañana dejar a los niños en el colegio, conducir hasta la piscina como cada día para nadar durante una hora y que después debía hacer algunas compras. Amalia también dijo a María que cerrara bien la puerta que ella no regresaría hasta después de recoger a los niños. Eduardo, nervioso, con los ojos intensos y asustados se montó en el coche y se dirigió a la piscina. Amalia no había nadado esa mañana. Recordó entonces que  iba a acercarse a la droguería a comprar unos cordones para las persianas del lavadero, pero allí tampoco encontró rastro alguno de su mujer.
Movilizó a la familia, a los amigos más cercanos, a los conocidos y reconstruyó paso a paso, como un sagaz detective, cada uno de los lugares que podría haber recorrido Amalia en esas horas. Nadie la vio después de dejar a los niños.
Con una mano en el volante y la otra ocupada con el móvil, Eduardo marcaba una  y otra vez el número de su mujer; miraba desesperado a un lado y a otro de la calle, deseando encontrar a Amalia saliendo de alguna tienda, parada en algún café. Intentó sintonizar las emisoras de radio esperando escuchar noticias de algún accidente en el que pudiera haberse visto implicada, pero resultaba en vano. Con un gesto adusto y enfurecido, apagó la radio y abrió la guantera del coche para, para no sabía qué. No estaban. Las llaves no estaban allí, donde siempre tenían que estar.
Marcó el 061 y con la voz atropellada, urgente, enérgica y desesperada dijo a la operadora una dirección.
En pocos minutos, los bomberos consiguieron abrir la puerta del pequeño apartamento. Era un piso luminoso, en la décima planta de un edificio costero, construido en los años setenta y situado a la orilla del mar, a unos cuarenta y cinco minutos de la ciudad, propiedad de los padres de Amalia. Desde pequeña había pasado allí sus vacaciones y ahora, Eduardo, ella y sus dos hijos disfrutaban del apartamento durante parte del verano, compartiéndolo por quincenas con sus hermanos.
Cuando Eduardo llegó al apartamento, Amalia ya había sido trasladada al hospital. Los bomberos la encontraron dormida en la cama, prácticamente sin pulso.
Amalia abrió torpemente los ojos e intentó decir algo, mirando más al limbo que a Eduardo que estaba a sus pies. La garganta aún le hervía; sentía el dolor, la aspereza del tubo que había penetrado hasta lo más hondo y había limpiado su cuerpo del exceso de barbitúricos. Se sentía derrotada, como si la vejez hubiese llegado de golpe.  Eduardo se acercó pidiéndole que no se esforzara, tranquilizándola, diciéndole que todo estaba bien. Con las manos temblorosas, sorteando los tubos y aparatos que rodeaban el cuerpo de su mujer, acariciaba su cara. Torpe, incapaz de decir nada, Eduardo miró suplicante a la doctora que se había colocado al otro lado de la cama, frente a él. “¿Y ahora qué? No hay un plan para esto” pensaba. Con una sonrisa amable, Eduardo comprendió, como si fuera el eco, las palabras de la doctora que acercándose a los labios de Amelia dijo: “Todo irá bien. Nunca he visto a nadie que quiera morirse”.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011

CARTAS DE AMOR

Llevo muchos años viviendo en el mismo lugar. La misma ciudad pequeña,  el mismo barrio familiar y tranquilo. Llevo muchos años recorriendo las mismas tiendas, saludando a los camareros del bar de la esquina y al mecánico y a Antonio, el de la papelería de enfrente, y al farmacéutico y a la señora del estanco. Llevo muchos años viviendo en la misma casa. Una casa como la de los pueblos, de dos plantas, con un pequeño patio y una azotea templada y cálida en los días de primavera, con las gitanillas en flor y el airecillo fresco de la noche invitando al reposo.  Hace unos días, un sábado por la mañana, conocí al cartero. Me ha dejado muchas cartas a lo largo de estos años, pero nunca nos habíamos encontrado. Cada mañana se acerca y deja por debajo de la puerta los extractos de los bancos, las facturas de la luz, del agua, del teléfono… Ese sábado nos presentamos y se mostró amable, contento de haberme conocido. Por fin ponía cara a ese nombre tan familiar y yo,  por fin ponía cara al mensajero aunque ahora no lo espere con la misma impaciencia que antes, cuando las cartas que recibía eran de las de verdad, de aquellas que alguien te enviaba después de haberse tomado un tiempo para pensar en ti, para pensar en tu familia, en tus amigos.
Recuerdo mi adolescencia como una época de producción imparable y continua. Mi madre había preparado una habitación en la planta alta de la casa, al lado de la cristalera de la azotea, luminosa, aislada y acogedora. Cada tarde, sobre todo en esas tardes de invierno en las que las montañas del pequeño pueblo de sierra donde vivía se cubrían de nubes densas y plomizas, a punto de desgarrarse en una tormenta, me sentaba en aquella habitación soleada al calor del brasero. Me acomodaba en la camilla grande, espaciosa, vestida con unas enagüillas pesadas y confortables y me disponía a estudiar, a hacer los deberes, a leer y emprendía la fructífera tarea de escribir una carta de amor. Nunca empezaba con las mismas palabras, se renovaban cada tarde como se renovaba el amor adolescente,  que me mantenía alerta, pensando en mi, escarbando en mi interior, entre los sentimientos y las emociones carnales y etéreas que me iban construyendo poco a poco.
Al principio me imaginaba como escribiendo desde el exilio, entre líneas, diciendo las cosas a medias, sin atreverme a marcar con la tinta la huella de uno y mil besos deseados, apasionados y torpes.
A veces me quedaba largo tiempo mirando la carta. Veía las palabras, las releía una y otra vez ya en la oscuridad de la noche y, de la misma manera que Kafka por fin retenía el rostro de Milena Jesenska entre sus manos a través de sus cartas, yo podía ver el rostro de mi amado a través de las mías. Lo imaginaba con la cabeza baja y sentía cómo mis dedos acariciaban su barbilla y con un leve movimiento levantaban el rostro que por fin podía ver.
Otras veces sentía enormes deseos de romperlas, de no enviarlas, de callar, de ahogar las palabras en lo más profundo de la desconfianza que se tornaba insoportable y borrosa al mismo tiempo.
Echo de menos las cartas de amor y no es melancolía. A menudo pienso en ellas, en cómo sería volver a leerlas.  Quizá me encontraría ante una extraña que se desnuda poco a poco, ante un tiempo perdido, ante la crónica de mi juventud, ante lo que veía y lo que soñaba.  Me sentiría, tal vez, como Jorge Guillén que, después de la muerte de su esposa, se encerró en su habitación durante varios días a leer las cartas que él le había escrito a lo largo de su vida.
Ahora que no parece haber tiempo para las cartas de amor porque vivo, vivimos, en la dictadura de la urgencia, como dice una novelista peruana,   apresurados, en medio de la vorágine que no nos deja reposar nuestros pensamientos, sin encontrar serenidad para mirar reposadamente, para leer reposadamente, para sentir reposadamente; ahora me gustaría recuperar mis cartas de amor para encontrarme con esa extraña que me ayudó a ser lo que hoy soy.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011

INUNDACIÓN

Lo descubrí por casualidad. Un domingo, una soleada y primaveral mañana de domingo, salí con mi familia a dar un paseo con las bicicletas por la orilla del río. De vuelta, cuando el sol empezaba a calentar, a eso de las doce y media, hicimos una parada para refrescarnos, ya cerca de casa, en un pequeño y familiar bar. El establecimiento, que regenta desde hace algunos años Luis, está situado en una alegre placita, con veladores al sol, rodeada de naranjos, rebosante del olor a azahar que inunda la ciudad por estos días. Aparcamos las bicicletas y nos acomodamos en una mesa, en una entre sol y sombra, como decimos por aquí. Pronto llegó hasta nuestros oídos una música alegre, movida, acompañada por la percusión, el piano y las palmas que se iniciaron al tiempo que sonó el saxo. Le siguieron las voces melódicas, armónicas de un coro que inundó la plaza como el azahar y de inmediato nos sentimos cautivados. La primera en acercarse fue mi hija. El sonido salía de  un local, un bajo situado en una de las esquinas de la plazoleta con grandes cristaleras forradas con papel por el interior y en las que todavía quedaban restos de pegatinas comerciales de helados, refrescos, hielo; la huella arqueológica de lo que debió de ser antes una tienda de ultramarinos. La niña, curiosa y atrapada por la música, entró y detrás de ella lo hice yo. Un local diáfano y luminoso, con sillas y un altar pequeño y austero apareció  ante nuestra atónita mirada. Repleto de negros y negras de pié y ataviados con sus mejores galas cantaban y hacían palmas al ritmo de gospel; se trataba de una ceremonia religiosa.
Cantaban “Walk in Jerusalem” y enseguida me sentí transportada a uno de esos templos neoyorquinos. Era como tener por vecino a uno de tantos garitos de Harlem en los que un negro mayor, con cara amable y sonrisa amplia, bate las teclas de un piano al tiempo que sus compañeros de banda golpean la batería o inflan sus mofletes al compás del saxofón.
Terminamos nuestra cerveza en el momento en que nuestros vecinos evangelistas, venidos de sabe Dios dónde, salían del templo.
Cuando llegamos a casa preparamos el almuerzo. Nos acomodamos en el patio templado, con la buganvilla y los geranios en plena eclosión primaveral y saboreamos una deliciosa paella mientras sonaba de fondo, inundando la casa, “My God is real” en la poderosa voz de Mahalia Jackson.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011

UNA VENTANA


 Madrid es una ciudad con más de un millón de cadáveres. Así empieza un desgarrador poema de Dámaso Alonso y así es posible que nos sintamos  hoy los millones de hombres y mujeres que habitamos esta tierra. Al menos, así me siento yo cuando contemplo lo ocurrido en la central nuclear de Fukushima y cuando leo y escucho en los medios de comunicación las palabras de los expertos que, desconcertados nos sitúan ante un panorama nunca visto. Nadie se atreve a hacer pronósticos; nadie aventura qué pasará ante una catástrofe cuyo alcance y cuyos efectos se presentan como desconocidos, inciertos, desoladores. Lanzamos aguas al mar y es como abrir una ventana al cementerio.
En estos días, tras la lectura de las crónicas, reportajes e informes de lo ocurrido en Fukushima, me viene repetidamente, insistentemente, con frecuencia, una imagen a la cabeza; el hombre baja del caballo, cae de rodillas y entierra su cabeza entre sus manos. La cámara, que va ascendiendo y retrocediendo poco a poco, nos desvela lo que el hombre acaba de encontrar: derrotada, destrozada,  medio enterrada en la arena y bañada por las olas aparece la Estatua de la Libertad. ¿De qué sirve que el único ser humano sobreviviente en el Planeta de los Simios se salvara? Da lo mismo, el hombre ya ha demostrado su estupidez, su capacidad destructiva, su poder mortificante.
El mar sereno y tranquilo, símbolo del potencial humano, se muestra hoy ante nuestros ojos como un vertedero gigante, un lugar que contemplan millones de cadáveres. Recuerdo una anécdota biográfica del escritor uruguayo José Enrique Rodó. Contaba que, cuando era joven, vivía en una residencia de estudiantes en Montevideo que lindaba con un cementerio. Muchos de sus compañeros saltaban por las ventanas de sus dormitorios para disfrutar de la noche joven y alocada. La ventana de su habitación daba justo a la explanada del cementerio así que debía atravesarlo para llegar hasta la música, las chicas y la diversión. En una ocasión le preguntaron si no le daba miedo cruzar el cementerio en la oscuridad de la noche y él contestó que a lo único que había que tener miedo, temer de verdad, era a los vivos. 
Ángela Gutiérrez
Abril 2011

A CIEGAS (Inspirado en un Angulo, “Fuera de mí”)

Los aviones volaban muy bajos por esa zona de la ciudad. A eso de las diez y media de la mañana, Lucas acostumbraba a salir de la oficina y hacer un pequeño descanso. Pedía un café cortado en el bar más cercano y salía a la calle a tomar el sol mientras se fumaba un cigarro. Trabajaba a las afueras de la ciudad, en un entorno no especialmente agradable, pero soleado y rodeado de árboles. El ruido del tráfico cercano era constante y las calles tenían un cierto aire de frialdad, casi de polígono industrial. Cerca estaba el aeropuerto y, aunque el rugir atractivo y potente de los aviones llegaba hasta allí amortiguado, se escuchaba a lo largo de todo el día. Volaban bajos y desde la explanada donde Lucas tomaba su cortado en vaso de plástico, se podía ver el despliegue del tren de aterrizaje, se podía leer el nombre de la compañía aérea y, como siempre pensaba Lucas, agudizando la vista, se podría ver, incluso, el rostro de los pasajeros tras las ventanillas.  Justo en el momento en que el avión sobrevolaba su cabeza, Lucas deseaba ser uno de los viajeros. Pensó que algún día lo haría; llegaría al mostrador de un gran aeropuerto internacional y se embarcaría en el primer vuelo transatlántico que despegara, sin preguntar adónde. Nunca había montado en un avión.
Lucas llevaba una vida ordenada y estable. Una de esas vidas que los padres quieren para los hijos. Un familia, un trabajo que, aunque no estaba muy bien pagado, era fijo y cómodo. Le permitía afrontar los gastos de la hipoteca,  pagar un buen colegio para sus hijos y salir, al menos una vez al año, a pasar unos días de vacaciones en la playa. Y realmente pensaba que no necesitaba más, que era, como se suele decir, afortunado.
Pero a veces, Lucas contemplaba su vida y  sentía que no era suya. Se miraba a sí mismo y veía un reflejo de Ed Crane, aquel barbero solitario, silencioso e introvertido que veía pasar su vida como una sucesión de diapositivas en blanco y negro en la película de Joel Coen.  A menudo emprendía épicos viajes interiores. Deseaba elegir la vida del pirata cojo, aquel pirata truhán, con pata de palo que recorría los mares bajo una bandera maldita y rebelde al mismo tiempo.  Otras veces, su viaje interior era más convencional y entonces se imaginaba por las calles inmensas y caóticas de Roma, sentado frente al éxtasis de Santa Teresa en la pequeña y  familiar iglesia de Santa María de la Victoria, contemplando de cerca  la escultura, la única que se había grabado a fuego en su retina durante sus estudios de arte cuando hacía bachillerato. En esos viajes se sentía como una pluma, como las mujeres voladoras de Oliverio Girondo, ligero, planeando entre las nubes y compartiendo el vuelo con los pájaros.
Una tarde, mientras echaba horas extras y vacías de trabajo, decidió emprender una aventura. Hizo girar un globo terráqueo, uno de esos que tenía en el colegio cuando era pequeño, y, con los ojos cerrados, posó su dedo índice en un lugar del planeta. El globo se paró como si se parara el tiempo. Allí se iría, a ese lugar elegido a ciegas por su dedo.
Ángela Gutiérrez
Abril 2011