TACONES


 Cuando era pequeña me gustaban los tacones. Siempre rebuscaba entre los zapatos de mi madre hasta dar con unos altos, de piel negra y brillante como el charol y recorría el largo pasillo de la casa con  ellos puestos. Compensaba la torpeza y el desequilibrio con la rotundidad del sonido que hacían al pisar y notaba que mi cuerpo se estiraba, mi cabeza se erguía y mi cuello se volvía esbelto y elegante. Cuando estaba jugando en la calle, colocaba en las suelas de goma de mis zapatos unas chapas que recogía de los alrededores de cualquier terraza veraniega y que producían en mí el mismo efecto que los zapatos de tacón. Después llegó la adolescencia y me enamoré de un chico con unos profundos ojos azules, la piel morena, el cabello un poco ondulado y oscuro y que se parecía a Paul Newman, a ese Paul Newman alcohólico de “la gata sobre el tejado de zinc” y que a mí me parecía escandalosamente bello. Era algo más bajito que yo. Entonces perdí el interés por los zapatos de tacón. Aquel chico está hoy en ese rinconcito recóndito que guardamos en nuestro corazón para los primeros besos, torpes y cautelosos,  pero los tacones ya nunca más me interesaron.
Sin embargo, siempre he tenido curiosidad por este objeto, casi fetiche, que se presenta como símbolo de feminidad y de erotismo y que cambió la vida de muchas mujeres, desde la Cenicienta de los hermanos Grimn a las drag queen de la era moderna. Cuentan que Lady Astor, la primera mujer parlamentaria británica, decidió asistir a su primera sesión en la cámara inglesa acortando la falda y con unos zapatos de tacón alto. Ese día le prohibieron la entrada porque dejaba al aire unos finos tobillos provocadores, símbolo de la  rebeldía y la inmoralidad. Yo me la imagino caminando entre las maderas nobles del palacio de Westminster, con esas medias finas y sedosas que dibujaban una raya trasera a lo largo de la pierna hasta perderse más allá de la imaginación y con unos tacones de aguja que tan bárbaras escenas han protagonizado en la historia del cine.
Esos tacones fueron su liberación, igual que el zapatito de cristal liberó a Cenicienta del yugo de su madrastra y de sus hermanas.
Hace un par de años me compré unos tacones. Nunca los he usado, pero no quería privar a mis hijos de divertirse por los pasillos de nuestra casa y descubrir cómo se estiran sus cuerpos, se levantan sus cabezas y sus cuellos se vuelven esbeltos y elegantes que deben de ser los primeros síntomas de cualquier liberación.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011
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4 pensamientos en “TACONES

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