PERSONA


Ocho y cincuenta minutos de la mañana. Espero con algo de impaciencia a que abran las puertas del colegio para dejar a mi hija. Ella me ha ido recitando por el camino un poema de García Lorca que hoy le preguntarán en clase “El lagarto está llorando. La lagarta está llorando. El lagarto y la lagarta con delantaritos blancos”.
Ya hay bastantes niños soportando los últimos fríos invernales, con los gorros de los chaquetones sobres sus cabezas y las pesadas mochilas sobre sus espaldas esperando una nueva jornada escolar. Mientras, mi hija continúa con su cantinela poética “Han perdido sin querer su anillo de desposados. ¡Ay! su anillito de plomo, ¡ay! ¡ay! su anillito plomado”. Sin dejar de escucharla y casi como un acto impulsivo yo me fijo en el amplio tablón de anuncios de azulejos blancos y enmarcado en azul que se sitúa a la izquierda de la puerta principal del centro. “Licenciada en filología da clases de primaria, eso y bachillerato”.
Con cierta prisa miro el reloj y pienso que el portero ya se está retrasando. “Librería papelería El Lápiz”,  “Chica responsable se ofrece para cuidar niños”.
En mi cabeza todo resuena como un almirez mientras intento seguir el hilo poético lorquiano que mi hija recita con  sonido a patio de colegio, con ritmo cadente y pausado, con la perfección que acostumbra. “Un cielo grande y sin gente monta en su globo a los pájaros”. Sin poder resistir la tentación, un pequeñajo que merodea por allí se acerca hasta el tablón y arranca una tirita blanca con un número de teléfono impreso. Mira el papelillo con atención, lee los números en voz alta y, sin pensarlo dos veces coge otro que le ofrece a su amigo. “El sol capitán redondo lleva un chaleco de raso”
Como los animales alrededor de sus presas, todos nos arremolinamos al escuchar el sonido metálico de la cancela del colegio. “Miradlos qué viejos son. ¡Qué viejos son los lagartos!”. Le deseo a mi hija que tenga un buen día y le doy un fuerte beso.
Me doy media vuelta y antes de emprender el camino al trabajo leo el último anuncio del tablón “Persona española se ofrece para cuidar ancianos, niños, planchado y limpieza en general”. Acelero el paso al tiempo que resuena en mi cabeza, mezclado con los versos de Lorca, un sintagma: persona española. Pienso en la carta de presentación del anunciante, en el adjetivo “española” y me pregunto: ¿No basta con ser persona?  Sigo caminando. “¡Ay! cómo lloran y lloran. ¡Ay! ¡ay! cómo están llorando”.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011
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