EL MAGO BUENO


 Estaba sentada frente al televisor. El día había sido muy largo y cansado y lo único que me apetecía hacer a esa lánguida hora de la noche era acomodarme en el sofá y descansar. Esa tarde, después del trabajo, había renunciado a salir con los compañeros porque cada vez soporto menos las habladurías, las conversaciones de barra de bar que tienen siempre como protagonistas a los que no están allí compartiendo el momento con nosotros. Cada día me enerva más el juicio pormenorizado, capcioso y malintencionado volcado sobre los compañeros, sobre los familiares, sobre los sentimientos, sobre las actuaciones… sobre cualquier persona. Entonces decidí marcharme a casa.
Encendí la tele para distraerme un poco y no hice ni el intento de zapear. Dejé pasar ante mi vista y ante mis oídos lo primero que apareció. La pantalla se llenó de monstruos, monstruos físicamente humanos, enfermos de rabia, que soltaban espumarajos por la boca, escupían a los que estaban sentados alrededor y gritaban fuera de sí.  Todos esos minutos que tan fácilmente convierten en dinero, los dedicaron a exhibir las intimidades, a exponer sus dolores y miedos sin pudor y sin dignidad.
Con pereza me levanté. Apagué la tele y me quedé adormilada en el sofá. Entonces me acordé de un cuento infantil de Pedro P. Sacristán que leí hace tiempo y me entusiasmó.
Durante una noche, un brujo malvado se dedicó a robar más de mil lenguas en una ciudad y las hechizó para que solo pudieran decir cosas malas de todo el mundo. Después de hechizarlas, y sin que sus dueños se dieran cuenta, se las devolvió. Poco después, en la ciudad solo era posible escuchar cosas horribles, así que, para satisfacción del brujo malvado, terminaron enfadados unos con otros. Pero entonces apareció un mago bueno que respondió al brujo con sus mismas armas. El mago realizó un encantamiento sobre las orejas de los habitantes de la ciudad. De esta manera, cada vez que las orejas escuchaban algo malo, se cerraban fuertemente de tal manera que no podían oír nada. Lenguas y orejas entraron en una lucha feroz. Al pasar el tiempo, las lenguas se preguntaban para qué hablar si nadie las escuchaba y empezaron a cambiar las cosas que decían.  Entonces comprobaron que al hablar de cosas hermosas todo el mundo les prestaba atención y las escuchaban.
Me dormí pensando que el mago bueno sigue cada noche hechizando mis orejas.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

BARRER LAS CALLES


Mal tiempo para votar. Esas son las primeras palabras de la obra de José Saramago, Ensayo sobre la lucidez. Mal tiempo para votar se dice a sí mismo el presidente de la mesa electoral número catorce en una  capital sin nombre, en un país sin nombre, mientras contempla como cae torrencialmente la lluvia inoportuna.  Saramago sitúa al lector en un país democrático europeo, en una ciudad occidental, en el día de las elecciones municipales.  La población ejerce su derecho al voto y los resultados de las elecciones, con más de un ochenta por ciento de voto nulo, desencadenan el furor de los poderes establecidos. Tres partidos, el de la derecha, el del centro y el de la izquierda, desesperados, sacan sus garras. Ponen en marcha los servicios de espionaje, buscan pruebas de un complot anarquista internacional, buscan e inventan culpables de aquel ataque a la democracia  y deciden, finalmente, castigar a la ciudad, cuya única acción ilícita ha sido amenazar al poder, criticar al poder ejerciendo su derecho al voto libre y secreto. El poder, camuflado bajo razones de estado, prohíbe el derecho de asociación y de reunión, recurre a atentados terroristas y suspende el servicio de recogida de basuras. La ciudad, cercada y asediada, intenta seguir  su vida con normalidad. Las mujeres ante la parada de los servicios de limpieza, se enfrentan al poder saliendo a barrer las calles. Han dado un golpe certero al gobierno usando los mismos mecanismos que defienden los partidos políticos oficiales. La democracia se revela como una farsa.
Ha empezado la cuenta atrás. Aquí y ahora, llega mal tiempo para votar. Tiempos de propaganda política hasta en la sopa. Los medios de comunicación traerán hasta nuestras cocinas inauguraciones, mítines, promesas y debates. Los electores, los ciudadanos de a pie, intentaremos salir de ese cerco y continuar con nuestra vida cotidiana. Observaremos con más nitidez que en otros momentos, cómo nuestros representantes políticos se parapetan detrás de argucias administrativas y legales para que nada amenace el poder que ostentan. Recurrirán a la razón de estado para confiscar la información que nos deben. Camuflarán la subordinación al poder económico detrás de discursos que reclaman la libertad, la democracia, la paz. Convertirán en derechos políticos y partidistas aquellos que nos pertenecen como ciudadanos. Cuestionarán nuestra responsabilidad a ejercer nuestro derecho a un voto libre y secreto, apelando al miedo, a la debacle, a la historia.
Y entonces, a mi me dan ganas de salir a barrer las calles, como aquellas mujeres en una ciudad sin nombre, de un país sin nombre.

Ángela Gutiérrez
Marzo 2011




TACONES


 Cuando era pequeña me gustaban los tacones. Siempre rebuscaba entre los zapatos de mi madre hasta dar con unos altos, de piel negra y brillante como el charol y recorría el largo pasillo de la casa con  ellos puestos. Compensaba la torpeza y el desequilibrio con la rotundidad del sonido que hacían al pisar y notaba que mi cuerpo se estiraba, mi cabeza se erguía y mi cuello se volvía esbelto y elegante. Cuando estaba jugando en la calle, colocaba en las suelas de goma de mis zapatos unas chapas que recogía de los alrededores de cualquier terraza veraniega y que producían en mí el mismo efecto que los zapatos de tacón. Después llegó la adolescencia y me enamoré de un chico con unos profundos ojos azules, la piel morena, el cabello un poco ondulado y oscuro y que se parecía a Paul Newman, a ese Paul Newman alcohólico de “la gata sobre el tejado de zinc” y que a mí me parecía escandalosamente bello. Era algo más bajito que yo. Entonces perdí el interés por los zapatos de tacón. Aquel chico está hoy en ese rinconcito recóndito que guardamos en nuestro corazón para los primeros besos, torpes y cautelosos,  pero los tacones ya nunca más me interesaron.
Sin embargo, siempre he tenido curiosidad por este objeto, casi fetiche, que se presenta como símbolo de feminidad y de erotismo y que cambió la vida de muchas mujeres, desde la Cenicienta de los hermanos Grimn a las drag queen de la era moderna. Cuentan que Lady Astor, la primera mujer parlamentaria británica, decidió asistir a su primera sesión en la cámara inglesa acortando la falda y con unos zapatos de tacón alto. Ese día le prohibieron la entrada porque dejaba al aire unos finos tobillos provocadores, símbolo de la  rebeldía y la inmoralidad. Yo me la imagino caminando entre las maderas nobles del palacio de Westminster, con esas medias finas y sedosas que dibujaban una raya trasera a lo largo de la pierna hasta perderse más allá de la imaginación y con unos tacones de aguja que tan bárbaras escenas han protagonizado en la historia del cine.
Esos tacones fueron su liberación, igual que el zapatito de cristal liberó a Cenicienta del yugo de su madrastra y de sus hermanas.
Hace un par de años me compré unos tacones. Nunca los he usado, pero no quería privar a mis hijos de divertirse por los pasillos de nuestra casa y descubrir cómo se estiran sus cuerpos, se levantan sus cabezas y sus cuellos se vuelven esbeltos y elegantes que deben de ser los primeros síntomas de cualquier liberación.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

MENSAJES INVOLUNTARIOS


Me gustan las camisetas serigrafiadas. Dibujos, palabras habitualmente en inglés, números e insignias adornan frecuentemente la ropa, especialmente la indumentaria de los adolescentes. Todos los días, cuando paseo entre los pupitres descubro que junto a Pepe, Vanesa, Juan o Noelia están sentadas Hello Kitty, Betty Boop, Mini, Bob Marley…
Por esta cosa de los temarios oficiales que casi siempre procuro olvidar, una mañana trabajaba con mis alumnos sobre la poesía. Tratando de simplificar el problema que les supone a los adolescentes enfrentarse a un poema, elegí para la clase una canción. Era una de Pedro Guerra, fácil de entender y muy gráfica. Comenzaba diciendo “Yo podría ser Bugs Bunny por mis dientes” Casi inmediatamente varios levantaron la mano “¿Quién es Bugs Bunny?” Para explicar quien en Bugs Bunny mejor les cuento quien es Góngora, pensé. Se quedó solo en un pensamiento que me llevó a otra idea.
Lucen mensajes en sus espaldas que en muchos casos ni han leído; publicitan imágenes  y dibujos en sus pechos de personajes que ni conocen; colocan en sus mangas números e insignias aparentemente vacíos de significado.
Ahora, después de un par de días de navegar por la red informándose y documentándose, saben que detrás de la gata Hello Kitty está la historia de una adolescente judía llamada Ana Frank, que vivió en la Segunda Guerra Mundial escondida de la persecución nazi y que llamaba así a su diario. Han traducido mensajes de mahatma Gandhi sobre la paz y la violencia. Han identificado en sus mangas números de matrículas legendarias de la General Motors. Han conocido que detrás de las  Harley  Davidson dibujadas en sus espaldas están dos chicos muy jóvenes, William y Arthur, que diseñaron el primer prototipo de motocicleta en un pequeño taller familiar. Han descifrado el código secreto de históricos jugadores de la NBA. Han descubierto a las chicas  flapper, aquellas chicas livianas, de pelo y faldas cortos, que mostraban su exuberante sexualidad y a las que les gustaba el jazz, tal como la Betty Boop que lucen en sus camisetas.
Al final han entendido el texto de Pedro Guerra, han sonreído con las orejotas del famosos conejo de la suerte que se comía la zanahoria de la misma manera que Groucho Marx se fumaba el puro  y se han encontrado sobre su piel con un trozo de historia, de esa historia que tanto les cuesta aprobar.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

RELATOS ENCADENADOS


 Merce acababa de llegar a la ciudad. Iba a trabajar allí durante cuatro meses dando clases en un centro de enseñanza secundaria. Estaba animada, entusiasmada a pesar de que dejaba a sus dos hijas pequeñas y a su marido a más de trescientos kilómetros. Después de pasar los primeros días en un hotel, alquiló un pequeño apartamento. La vida de los hoteles es cansada, impersonal y ella está acostumbrada al contacto con los vecinos, con el día a día de su  lugar. Era un apartamento coqueto, funcional y confortable situado en la primera planta de un edificio histórico rehabilitado no hacía mucho tiempo,   que poco a poco iría adaptando su impronta; unas cuantas fotos, algunos de sus libros, su ropa y su ordenador iban diariamente conquistando cada rincón de la casa. En pocas semanas su perfume había impregnado las paredes del apartamento alquilado. Los primeros días se sentía extraña. Supo que tenía vecinos porque escuchaba ruido en el piso de arriba. Una tarde, después de las clases decidió acercarse y presentarse. Saludó amablemente al vecino. Un hombre de unos cincuenta, con bigote y aspecto huraño y serio agradeció su gesto y le dio la bienvenida. Fue para ella una sorpresa. Ya había visto antes a aquel hombre. Cada noche, hacia las once, lo veía desde el ventanal del salón del apartamento sentado en un banco, solo, fumando un enorme puro. No hacía nada, solo mirar; mirar los coches que pasaban por la carretera cercana, el cielo gris e intenso de la noche serrana y los perfiles sombríos de la catedral y de la zona monumental de la ciudad que se dibujaban al fondo. Cuando terminaba de fumar su puro, se levantaba lentamente, alzaba el cuello de su chaqueta, como acurrucándose en ella y se marchaba.
Merce pasaba buena parte de las tardes estudiando, preparando las clases, corrigiendo exámenes en compañía de la radio a la que se aficionó hacía ya algún tiempo. Le gustaba la voz cascada de Gemma Nierga  y seguía puntualmente el concurso de relatos encadenados de la tarde de los jueves. Le parecían increíbles las historias, breves e intensas que los oyentes inventaban a partir de una primera frase que cambiaba cada semana y que había sido la frase final del relato ganador de la semana anterior. Así se iba tejiendo una cadena de historias apasionantes que ella esperaba con atención.
Esa tarde de jueves, como la de todos los jueves, se preparó un café bien cargado, como a ella le gustaba, encendió un cigarrillo y se sentó a trabajar mientras la locutora de la radio presentaba los tres relatos finalistas de la semana. Les preguntó si escribían habitualmente, cómo se inspiraban, de dónde eran. Entonces, Merce se levantó de la mesa de trabajo rápidamente y se acercó aún más al aparato de radio. El tercer relato era una historia narrada desde la ciudad en donde ahora vivía. El autor, con voz grave y pausada dijo su nombre y a ella le resultó familiar. Se sentó al lado de la radio, subió el volumen y encendió otro cigarro. Le tembló el pulso cuando escuchó al oyente contar cómo cada noche salía a pasear, se sentaba en un banco a la luz tenue de la calle donde vivía, y mientras fumaba su puro, contemplaba la ciudad medio dormida.  Escuchó atentamente el relato. Cuando terminó, bajó al portal del edificio y comprobó el nombre que aparecía en los buzones. No había duda, el ganador era su vecino, ese hombre huraño y serio que cada día, mientras ella lo miraba desde el ventanal de su salón alquilado componía una historia.  Subió, entró en el salón alquilado, se sentó en su rincón de trabajo e intentó concentrarse en las muchas cosas que debía hacer. Entonces encendió el ordenador y leyó en la web de la emisora de radio la frase con la que debía empezar el relato de la próxima semana. Decía así: “Merce, acababa de llegar a la ciudad.”
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

EL VESPINO

Cuando era adolescente Tomás quería un vespino. Uno de esos ciclomotores que hacía estragos entre la juventud de los años setenta. Se pasaba los días pidiéndole a su padre que le comprara el ciclomotor y durante años siempre obtuvo la misma respuesta: “Un lunes” decía su padre. Y ese lunes llegó.
Su padre le regaló un vespino cuando terminó sus estudios en la universidad. Era azul y plateado, con una cesta delantera y un amplio portaequipajes para poder pasear por las calles de Sevilla con alguno de sus amigos. Lo cierto es que la motocicleta llegó algo tarde, pero se convirtió en el mejor pasaporte para entrar en el mundo laboral.
Cada día Tomás se apostaba en la puerta del parque de bomberos de la calle Eduardo Dato. Robaba horas al sueño, a las cervecitas de la Moneda, a la sesión golfa de las salas de cine esperando con su vespino y con su cámara de fotos colgada del cuello la salida de un coche de bomberos. En el momento que notaba que algo se movía con rapidez dentro de la central, él se preparaba para salir detrás  y dejarse conducir hasta el lugar donde encontraría la foto de su vida. Con el paso de los días aprendió a distinguir. Si el camión de bomberos que se ponía en marcha era de los pequeños, Tomás renunciaba a perseguirlo; lo más probable es que se tratara de alguna cornisa descolgada, algún contenedor incendiado… en fin, cosas sin importancia.
Hace más de veinte años que un periódico publicó la primera fotografía de Tomás. La consiguió después de seguir a un camión de bomberos que rescató a un niño. El pequeño había metido la cabeza entre las barandas de un balcón situado en un cuarto piso y no conseguían sacarla. Tomás hizo la foto desde abajo; se marchó a su casa y se apresuró a revelar el carrete. Tomás había captado la cara descompuesta y aterrada del niño justo en el momento en que una lágrima parecía caer desde sus mejillas hacía  el objetivo de su cámara. La foto apareció publicada al día siguiente en el ABC. Le habían pagado unas mil quinientas pesetas. El interés informativo de la fotografía residía en que el suceso había ocurrido en la sede de un organismo oficial de la Junta de Andalucía.  Semanas después, Tomás era fotógrafo de prensa en ese mismo periódico.
Lo conocí un poco cansado. Cansado de fotografiar a políticos mentirosos en ruedas de prensa, conferenciantes de pacotilla en salones de actos de sedes bancarias, posados de modelos de segunda y portadas de feria. En esa época lo más apasionante que pasaba por su objetivo era el partido de fútbol del sábado por la tarde.
Supe más tarde que se había marchado. Tomó unos meses de excedencia laboral y emprendió la aventura como freelance junto a Gervasio Sánchez. No regresó.
Hace un par de días me encontré con una foto suya en la portada de un periódico nacional de gran tirada. El pie de foto decía:  “Un hombre mira la destrucción en un área cubierta de agua en Ishinomaki, en la prefectura de Miyagi, Japón”.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

DISTANCIA

Habían superado escollos. Una relación entre dos hombres nunca es fácil y no lo había sido para ellos. Ahora estaban separados por cientos de kilómetros y los dos experimentaban las dificultades que la distancia ponía en medio. Uno y otro habían pasado largas horas de espera en el pequeño aeropuerto que les servía de puente de vez en cuando. Los dos habían conducido durante doce o catorce horas, con el cuerpo cansado y el ánimo abierto y entusiasta para encontrarse durante unos cuantos días. Habían tenido viajes de vuelta con los ojos llenos de lágrimas, el corazón desolado y una soledad y un vacío tan profundos como el centro de la tierra. Más que entrar en sus casas cálidas, familiares, hogareñas, su piel sentía el frío y el desarraigo que dejaba la ausencia del compañero.

Llevaban años conviviendo con la distancia. Estaban acostumbrados a superar viajes épicos, a realizar hazañas cotidianas para escuchar sus voces, a enviarse palabras amables y hermosas por los vericuetos virtuales, a abrazarse a través del hilo telefónico, a contarse el día a día mediante canciones y poemas.
Solo había un asunto que les preocupaba. Solo había una distancia que se les revelaba mayor que los cientos de kilómetros, más insuperable que las huelgas de controladores, la subida de la gasolina o la agenda vertiginosa de sus días. Era la distancia que se instalaba imperceptiblemente entre su cabeza y su corazón.

 Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

TARDE DE MONOPOLY


Tomo prestados unos versos de mi admirado Ángel González. Ayer fue sábado toda la mañana. Por la tarde cambió, se puso casi lunes.
El cielo soleado y apacible de la mañana dio paso a inmensos nubarrones que descargaron sobre la ciudad gris a eso de las cinco de la tarde. Las calles céntricas, bulliciosas y concurridas se fueron quedando desiertas y los taxis se agotaban rápidamente ante ese torbellino que se desata cuando comienzan a caer las primeras gotas de lluvia. Se abren los paraguas, se aceleran los pasos, se arrugan los entrecejos y los rostros se tornan tristes y malhumorados.
Los más valientes se apostan bajo algún soportal, fumando plácidamente un cigarrillo, aguardando esperanzadamente que solo sean cuatro gotas. Los demás emprendemos el  regreso a casa y nos vamos convenciendo durante el camino de lo bien que nos sentará una tarde hogareña y  tranquila bajo la calidez de la ropa camilla.
La casa me recibe serena y silenciosa. Zapatillas esponjosas acurrucan mis pies mojados y fríos. La tenue luz  y el sillón me invitan a pasar una agradable tarde de lectura y monopoly.
Ángela Gutiérrez 
Marzo 2011

MIÉRCOLES DE PRIMAVERA


 Silencio y solemnidad. Bancos de maderas nobles, suelos extensos de mármol y retablos dorados. Representaciones divinas, hieráticas y barrocas, terroríficas y maternales. Penumbra. Olor a cera y a flores. Frío, humedad. Bóvedas y arcos, pilas bautismales. Pisadas que poco a poco ocupan los asientos hasta llenar el templo. Último toque de campanas. Una larga fila de niños, vestidos de domingo, con cara de culpabilidad y arrepentimiento inconsciente esperaba el momento. “Polvo eres y en polvo te convertirás” repetía una y otra vez la voz litúrgica y amaestrada del cura de pueblo, mientras trazaba con sus dedos blancos una cruz de ceniza sobre los flequillos y las frentes. Pistoletazo de salida de la primavera católica: ayuno, sacrificio, pasión, muerte, pecado, arrepentimiento. Ritual anual de miércoles de ceniza.
No sé si aún hoy se sigue formando la cola; no sé si aún hoy se siguen empolvando las frentes; no sé si se siguen repitiendo hoy las mismas  crudas palabras. Hace tiempo que descubrí la primavera pagana: tardes largas y soleadas, olor a azahar, cervecitas, estrellas cercanas y lunas gigantescas, tertulias. Hace tiempo que dejé de sentirme polvo. Hace mucho tiempo que me negué a ser polvo.
Prefiero un miércoles de primavera y trazar sobre mi frente los versos de Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir”.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011

ELLAS BAILAN SOLAS

Ocho de marzo, día de la mujer trabajadora. Cientos de celebraciones recorren de norte a sur y de este a oeste el país. Los medios de comunicación no escatiman en reportajes, entrevistas y crónicas que nos cuentan las vidas de éxito, esfuerzo y superación de unas cuantas mujeres de nuestros días que, según la perspectiva mediática lograron la igualdad. Políticos, sindicalistas y demás representantes del pueblo inundan nuestros salones jactándose de los avances conseguidos en esta lucha y prometiendo el oro y el moro para conseguir mejoras en la situación de la mujer. Alumnos, maestros, profesores dedican parte de la jornada de este día a recordar las victorias y hazañas de mujeres científicas, poetas, matemáticas. Felicitaciones, enhorabuenas y deseos de prosperidad y de futuros halagüeños nos llegan a través de correos electrónicos, mensajes de móviles, anuncios publicitarios. Y me siento halagada por ello.
Pero, entretanto, miles de mujeres siguen siendo violadas en las zonas en conflicto como retrató Wim Wenders en la película documental Crímenes invisibles, cientos de nigerianas continúan cruzando embarazadas el estrecho, y en los burdeles sucios de Manila los padres venden a sus hijas al mejor postor, como cantaba Pedro Guerra; los huesos de las mexicanas riegan los desiertos de Ciudad Juárez como relató magistralmente Roberto Bolaño; el falso amor, el poder, el odio y la posesión acuchillan casi diariamente a una mujer en nuestro país.
Hoy me viene a la memoria un libro estupendo de la marroquí Fátima Mernissi El hilo de Penélope. Mernissi realiza un recorrido, un viaje épico, diría yo, a las profundidades del Marruecos más tradicional y oculto. Retrata hábilmente cómo el lápiz que diseña tapices en el desierto, el hilo de las tejedoras de alfombras,  las abuelas contadoras de cuentos y de historias de las Mil y una noches, conviven estrechamente, se dan la mano, con los hijos de Internet y de la televisión a los que ella llama los cosmocívicos.  Cuenta cómo las historias que las hijas y las nietas de estas mujeres difunden por los foros de Internet, los relatos que ellas escriben y lanzan al universo virtual, están cosiendo un mundo cargado de ideas y  propuestas renovadoras que escapan al control de los poderes establecidos.
Fue Penélope, tejiendo cada noche, la que consiguió salvar a Ulises de los encantos de Calipso, como son las mujeres las que están consiguiendo transformar muchas veces una realidad adversa y testaruda y  es cierto, que en muchas ocasiones, igual que las Madres de la Plaza de Mayo, ellas siguen bailando solas.
Ángela Gutiérrez
Marzo 2011