NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA


Hace unos días regresé muy tarde a casa. Al entrar me llamó la atención que había luz en la habitación de mi hijo y miré el reloj. Las cuatro y media. Con mucho cuidado, me asomé. Estaba leyendo. Tenía entre sus manos un ejemplar de Paraíso inhabitado de Ana María Matute. Sin hacer ruido, sin dejarme notar me acosté pero no conseguí conciliar el sueño.
Mi padre y mi madre, sus abuelos, me mandaban temprano a dormir. Al menos debía descansar diez horas así que, ninguna serie de televisión, ningún libro apasionante, ninguna excusa posible evitaba que, a eso de las nueve de la noche, estuviera en la cama.
Durante el invierno era difícil burlar el toque de queda porque si encendía la luz, el reflejo me delataría. Sin embargo, cuando empezaba a vislumbrarse la primavera y las noches eran más templadas y luminosas, burlar la prohibición era algo cotidiano.
A las nueve en punto me metía en la cama, daba las buenas noches, leía durante quince minutos y después a dormir. Pero las ánimas benditas debían existir como creía mi abuela, porque cada noche me despertaba un par de horas después. Sin encender la luz del dormitorio, sorteando los juguetes, las zapatillas y los tebeos de mis hermanos esparcidos por el suelo de la enorme habitación compartida, cogía mi almohada y me instalaba en el balcón principal. Apenas un habitáculo de sesenta centímetros de ancho por ciento cincuenta de largo se convertía cada madrugada en mi guarida privada, íntima y apasionante. Me acomodaba buscando minuciosamente la postura idónea para recibir la lejana luz de la única farola que alumbraba la angosta calle. En las primeras semanas primaverales, tenía que cubrir mis piernas y mis hombros con una sábana para protegerme del relente, pero pronto llegaba junio y me sentaba casi desnuda.
Bien acomodada, abría mi libro y me sumergía en sus historias. Pasé madrugadas de árbol en árbol en compañía de Cósimo, navegué por los mares con el intrépido Ulises, sentí que mi balcón se transformaba en el refugio de Ana Frank, reí sigilosamente con las travesuras de Tom Sawyer y del Lazarillo, conocí a la tía Tula y me enrolé en las historias interminables de corsarios y caballeros. Incluso me enamoré de un tal Amadís.
Casi al amanecer, cuando en el reloj del ayuntamiento una sola campanada anunciaba las seis y media, la puerta de mi casa se abría. Al sonido metálico del pestillo le seguían los pasos diligentes y apresurados de mi padre para el que empezaba la jornada laboral. Entonces pegaba mi cuerpo menudo al fondo del balcón y encogía la respiración  hasta que lo veía doblar la esquina de la calle. Cerraba el libro, recogía la almohada y borraba cualquier rastro que pudiera delatarme.
Recorría con todo cuidado el dormitorio y llegaba hasta mi cama. Tenía aún tiempo para dormir.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2008
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Un pensamiento en “NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA

  1. Eres una gamberra intelectual.Me ha encantado esta historia porque mi madre cuenta muchas veces que una vez me sorprendió haciendo una "gamberrada" similar, algo que solía hacer de pequeña.En mi caso, tras el "toque de queda", mis padres aprovechaban para tener un momento "sin niños" (hablo de un relax tras dejar acostados a nada menos que 5 niños). desde el salón llegaba un poco de luz a mi habitación, cuya puerta solía dejar mi madre un poco abierta, apenas una ranura. Mi método era el siguiente: como la ranura sólo iluminaba parte de la página, desplazaba el libro de derecha a izquierda en cada renglón, hasta que lo terminaba. Y así, leí algunos cuentos moviendo el libro de lado a lado, en lugar de los ojos. Marga

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