EL ESPEJO

Ver llorar me pone muy nerviosa.  Siempre me imagino a una persona al borde de la desesperación, con el alma perdida, con el cuerpo dolorido y con la cabeza como un torbellino imparable. Hoy he visto a una persona llorar, pero no sólo eso. Hoy he visto a una madre intentando contener el llanto ante extraños hasta que no ha podido más y se ha derrumbado. Rodaban sus lágrimas imparables, escondía sus pálidos labios, doblegaba su cabeza casi hasta esconderla entre su pecho, le temblaban las manos y se estremecía su alma. Volvía a recuperar una pizca de aliento y pedía perdón. Intentaba recomponerse, poner algo de cordura en su cabeza, tomar aire y empezar a hablar, pero de nuevo rodaban las lágrimas que ahogaban su voz, su aliento y su vida. Tan solo he alcanzado a entender unas pocas palabras balbuceadas con un hilo de voz tan débil, tan débil que  más que escucharlo, lo he sentido, lo he imaginado: “¡Pero si es una niña!” Cuando se ha marchado he caminado hasta el aseo y he visto en el espejo a  otra persona llorar.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011
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