EL COLECCIONISTA DE RUIDOS


No soportaba el ruido. Era una sensibilidad especial que lo hacía capaz de identificar como ruido, sonidos que otros ni siquiera percibían. Dedicaba parte de su tiempo a detectarlos porque, desde lo más profundo de su conocimiento, estaba convencido de que era lo único que le ayudaría a evitarlos. Había confeccionado unos curiosos listados en los que documentaba con absoluta precisión toda clase de ruidos y explicaba donde encontrarlos. Como si fuera una colección de cromos los ordenaba, los clasificaba atendiendo a diferentes escalas: frecuencia, nivel, cercanía…Si los consideraba más difíciles de catalogar, creaba detallados dibujos que ilustraban los márgenes del documento. Incluso establecía comparaciones entre los ruidos de su propia ciudad y los de otros lugares lejanos, exóticos y desconocidos. Había intentado ponerse en contacto a través de Internet con otros coleccionistas de ruidos pero le había resultado en vano: nadie conocía más ruidos que él.
Una cálida tarde de primavera, salió a pasear con las manos desnudas, venciendo a duras penas la tentación de llevar entre sus dedos el cuadernillo de notas en el que habitualmente anotaba los primeros registros de un nuevo ruido, intrigante y estentóreo. Decidió mirar, contemplar con detenimiento aquel paisaje por el que caminaba. Sus ojos, de mirada transparente, se posaban aquí y allá intentando concentrar toda su atención en los colores y en las formas. Pero solo veía ruidos. Ruidos que ya conocía, que tenía catalogados y registrados con todo detalle. Probó luego a tocarlo todo, a entretener sus manos,  primero con su propia chaqueta, después palpó sin cesar las máquinas expendedoras de refrescos, los cristales de los escaparates, las hojas de los árboles, los graffiti de las paredes. Incluso se atrevió a rozar disimuladamente los brazos de los transeúntes con los que se cruzaba, las espaldas de las señoras que iban por delante. Pero solo tocó ruidos. Se armó de valentía y  como un sabueso comenzó a olfatear. Su nariz se llenó de salsa de tomate, de helados con nata, de contenedores de vidrio, de cafés y mantequilla, de rosas y de humedad. Tuvo incluso la sensación de haberla sumergido tanto en las alcantarillas que por un instante le pareció no oler ruidos, pero solo fue un instante.
Entonces decidió volver a casa.  Se derrumbó en el sofá y pensó desesperadamente que lo único que le quedaba por hacer era arrancarse los oídos, trocear sus orejas y taponar los agujeros para siempre. En ese instante identificó un ruido desconocido y se lanzó sobre su cuaderno de notas como una rapaz. Empezó a buscar entre todos los registros que tenía para comprobar que no figuraba en su amplio catálogo y regresó a la calle siguiendo como un perro rabioso el rastro. Esta vez se le resistía; después de horas caminando regresó rendido a su sofá. Se le había escapado el ruido. Era la primera vez que le ocurría.  Intentó descansar sin lograrlo.
Al día siguiente salió de nuevo a la calle con el firme propósito de no regresar sin el informe completo de aquel escurridizo ruido. Llevó consigo sus catálogos, sus informes, sus dibujos y, como envuelto en la locura, preguntaba a todo aquel que se cruzaba. Les mostró sus registros ilustrados, sus clasificaciones, sus fichas de los ruidos. Muchos rehuían asustados, haciendo aspavientos con las manos. Algunos se interesaban por ciertos ruidos que les eran familiares o con los que se habían encontrado aquí o allá.
 Poco a poco se contempló a sí mismo hablando a otros de  sus ruidos, leyendo  atentamente catálogos de ruidos que alguien le enseñaba, aprovechando su búsqueda para localizar ruidos de un extraño  y se sintió aliviado.  Casi sin darse cuenta empezó a notar el cigarrillo que llevaba en su mano, los olores de la primavera, la ternura de los ojos que lo miraban. Y se dio cuenta también, de que seguía sin soportar el ruido, pero ya no le importaba.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011
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