DE FUERA

Me gusta viajar. Para mi es uno de los ejercicios más saludables y placenteros. Cuando estoy de viaje mis sentidos se agudizan, se despiertan como felinos, se despliegan como antenas parabólicas. Paseo por las calles, las plazas, las orillas de la playa   y las riberas de los ríos poniendo atención en cada detalle.
Si estoy en una gran ciudad, vigilo atentamente los tejados, palpo cada graffiti, me detengo en los colores y en los olores. Construyo una agenda vertiginosa que me lleva al último rincón de un museo, a recogerme en el silencio de los ostentosos y pecadores templos. Me siento en las terrazas o asomada a grandes ventanales y escucho solapadas conversaciones de extraños que tejen en mi cabeza mil y una historias de oficinas y cines, de comercios y galerías de arte, de divorcios y vidas agitadas.
Si el viaje me ha llevado al campo, respiro el aire nítido, abro mis pulmones a los colores de los árboles, a los murmullos y voceríos de las aguas, al sonido fiero y pausado de los animales. Engordo con los sabores de los fogones y los aromas de las tahonas y me desespero con la lentitud, el silencio y la mansedumbre que a veces tanto envidio.
Cuando regreso a mi ciudad siempre deseo sentirme allí por primera vez, para mantener excitados mis sentidos, para que mi mirada sea siempre como la del que viene de fuera.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA


Hace unos días regresé muy tarde a casa. Al entrar me llamó la atención que había luz en la habitación de mi hijo y miré el reloj. Las cuatro y media. Con mucho cuidado, me asomé. Estaba leyendo. Tenía entre sus manos un ejemplar de Paraíso inhabitado de Ana María Matute. Sin hacer ruido, sin dejarme notar me acosté pero no conseguí conciliar el sueño.
Mi padre y mi madre, sus abuelos, me mandaban temprano a dormir. Al menos debía descansar diez horas así que, ninguna serie de televisión, ningún libro apasionante, ninguna excusa posible evitaba que, a eso de las nueve de la noche, estuviera en la cama.
Durante el invierno era difícil burlar el toque de queda porque si encendía la luz, el reflejo me delataría. Sin embargo, cuando empezaba a vislumbrarse la primavera y las noches eran más templadas y luminosas, burlar la prohibición era algo cotidiano.
A las nueve en punto me metía en la cama, daba las buenas noches, leía durante quince minutos y después a dormir. Pero las ánimas benditas debían existir como creía mi abuela, porque cada noche me despertaba un par de horas después. Sin encender la luz del dormitorio, sorteando los juguetes, las zapatillas y los tebeos de mis hermanos esparcidos por el suelo de la enorme habitación compartida, cogía mi almohada y me instalaba en el balcón principal. Apenas un habitáculo de sesenta centímetros de ancho por ciento cincuenta de largo se convertía cada madrugada en mi guarida privada, íntima y apasionante. Me acomodaba buscando minuciosamente la postura idónea para recibir la lejana luz de la única farola que alumbraba la angosta calle. En las primeras semanas primaverales, tenía que cubrir mis piernas y mis hombros con una sábana para protegerme del relente, pero pronto llegaba junio y me sentaba casi desnuda.
Bien acomodada, abría mi libro y me sumergía en sus historias. Pasé madrugadas de árbol en árbol en compañía de Cósimo, navegué por los mares con el intrépido Ulises, sentí que mi balcón se transformaba en el refugio de Ana Frank, reí sigilosamente con las travesuras de Tom Sawyer y del Lazarillo, conocí a la tía Tula y me enrolé en las historias interminables de corsarios y caballeros. Incluso me enamoré de un tal Amadís.
Casi al amanecer, cuando en el reloj del ayuntamiento una sola campanada anunciaba las seis y media, la puerta de mi casa se abría. Al sonido metálico del pestillo le seguían los pasos diligentes y apresurados de mi padre para el que empezaba la jornada laboral. Entonces pegaba mi cuerpo menudo al fondo del balcón y encogía la respiración  hasta que lo veía doblar la esquina de la calle. Cerraba el libro, recogía la almohada y borraba cualquier rastro que pudiera delatarme.
Recorría con todo cuidado el dormitorio y llegaba hasta mi cama. Tenía aún tiempo para dormir.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2008

HEREOS

Tengo todos los síntomas. Esta mañana no me encontraba bien cuando me levanté así que llamé al trabajo para avisar de mi ausencia hoy. Me senté delante del ordenador intentando tomar una horrible infusión que me aliviara. Se me ocurrió escribir en el Google alguno de esos síntomas y ¡eureka! ¡Tengo mal de amores!
En los manuales de medicina de la Edad Media figuraba como “hereos” y tenía la entidad suficiente como para registrarse en los vademécum de la época. Incluso existían documentos instructivos de primeros auxilios que los peregrinos llevaban en sus bolsillos. Era una enfermedad tan frecuente como la gripe.
Ya no me cabe duda. Para qué voy a visitar al médico, soportar la cola, salir de casa…Tengo todos los síntomas. Según indican los tratados es una enfermedad que afecta sólo a los hombres pues las mujeres son más frías y secas. Se manifiesta porque el hombre anda triste, decaído, deprimido. Presenta un rostro pálido y ha perdido el tono sonrosado de su piel. No puede comer, ni beber y mucho menos dormir. Deambula de un lado a otro y muestra señales evidentes de tener los sentidos alterados y la mirada cristalina y perdida.
Apesadumbrado, amortecido, como escribían los amanuenses medievales, hoy busco remedio para este mal.
Los tratamientos aconsejaban llevar al enfermo a lugares hermosos y apacibles, rodearse de esbeltas y bellas mujeres que le hicieran olvidar su pena. Otros doctores prescribían que fuera azotado fuertemente para que sintiera un dolor tan grande que su mal le pareciera insignificante, nimio. Si con esto no se curaba, no había solución.
Lo cierto es que los tratamientos que he leído presentan tantas contraindicaciones que me ha dado miedo automedicarme así que, abandoné el ordenador, acabé de tomar la infusión y decidí visitar al médico.
Casi no me miró. Tomó un bolígrafo y escribió una receta. Alargando su brazo me dio el papel. “Tómate eso durante tres días y sigue una dieta blanda. Sólo es una indigestión pasajera” me dijo.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

EL ESPEJO

Ver llorar me pone muy nerviosa.  Siempre me imagino a una persona al borde de la desesperación, con el alma perdida, con el cuerpo dolorido y con la cabeza como un torbellino imparable. Hoy he visto a una persona llorar, pero no sólo eso. Hoy he visto a una madre intentando contener el llanto ante extraños hasta que no ha podido más y se ha derrumbado. Rodaban sus lágrimas imparables, escondía sus pálidos labios, doblegaba su cabeza casi hasta esconderla entre su pecho, le temblaban las manos y se estremecía su alma. Volvía a recuperar una pizca de aliento y pedía perdón. Intentaba recomponerse, poner algo de cordura en su cabeza, tomar aire y empezar a hablar, pero de nuevo rodaban las lágrimas que ahogaban su voz, su aliento y su vida. Tan solo he alcanzado a entender unas pocas palabras balbuceadas con un hilo de voz tan débil, tan débil que  más que escucharlo, lo he sentido, lo he imaginado: “¡Pero si es una niña!” Cuando se ha marchado he caminado hasta el aseo y he visto en el espejo a  otra persona llorar.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

CURIOSIDAD


Había vivido durante toda su vida en el mismo lugar. Un caserón de dos plantas enorme y destartalado, situado a la entrada de un aislado pueblo de sierra. Siempre se las había ingeniado para disponer en su casa de un pequeño rincón donde dedicarse a las cosas que más le gustaba hacer: leer, escribir, escuchar música y en definitiva, amortiguar sus curiosidades. Nunca había necesitado mucho. Una pequeña mesa, papel, bolígrafo y una máquina de escribir casi tan alta como el flexo plateado que lo iluminaba en las madrugadas. Él se sentaba en una silla de aneas con un gastado cojín azul cuando todos dormían. Agudizaba sus ojos miopes y se disponía a disfrutar de su soledad.
Hace un par de años, ahora rondaba los setenta y siete, notó que sus dedos eran torpes al escribir. El pulso le temblaba y su letra resultaba fantasmagórica; había perdido tanta claridad y definición que no se entendía. Ya casi no podía escribir y, aunque su rapidez mental seguía intacta, sus movimientos eran lentos, descoordinados. No tenía fuerzas ni tan siquiera para sostener el bolígrafo.
La ciencia, la medicina y la tecnología dieron su veredicto: pequeños microinfartos cerebrales habían dejado un rastro inconfundible en su cuerpo. Tenía que resignarse, hacer ejercicios y entender que no había vuelta atrás.
Un día se asomó a una pantalla de plasma que manejaba hábilmente uno de sus nietos en el mostrador del pequeño hotel rural que regentaba. Se fue a su casa pensando en las cosas tan sorprendentes, increíbles y difíciles que hacían los jóvenes de ahora.
Desde aquel día, cada tarde busca un huequecillo en la recepción del hotel para curiosear a través de la pequeña pantalla.
Hace dos semanas decidió comprarse un ordenador y ahora espera que todos se duerman para sentarse en la mesa de siempre, en su silla de aneas con el gastado cojín azul, rodeado de papeles, investigando sobre el mundo, amainando sus curiosidades a través de un navegador de Internet.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

LA GRAN EVASIÓN


 Hoy ha sido un día bastante atropellado. Cinco minutos más de la cuenta en la cama suponen andar todo el día deprisa y corriendo. Ducha rápida, desayuno apresurado y alguna que otra infracción de tráfico para no llegar tarde al trabajo. Vorágine. Si el despertador te la juega, todo es una auténtica vorágine.
A media mañana, a la hora del recreo, intentaba apaciguar mi ritmo leyendo el periódico en la sala de profesores. “Te llaman por aquí” me dice un compañero desde la puerta. Con pocas ganas, me levanto de mi soleado asiento y camino hacia la entrada sin soltar el periódico. Es extraño, pero llevar El País entre mis dedos es como un asidero, una garantía de que volveré pronto a recluirme en su lectura. Tres, cuatro o cinco alumnos me esperan con la cara desencajada. Dudas y más dudas que intento solventar en poco tiempo y sin ganas. Mi cabeza necesita un intermedio.
A punto de volver a mi diario alguien me dice “¿Te acuerdas de Almudena?”  Una mujer alta, delgada, con la piel suave y limpia sonríe a mi lado. “¿Almudena?” “¿Te acuerdas de ella?”  “Claro”.  ¡Qué guapa es! ¡Qué guapa está!  Por supuesto que me acuerdo. Vestida de negro, con una mochila de cuero sobre sus hombros y amplia sonrisa, me saluda, “¡Mi profesora de lengua!”
Hace nueve años. Nueve fugaces y largos años, Almudena se sentaba hacia la mitad de la clase. A veces escuchaba, a veces bromeaba y muchas veces protestaba y refunfuñaba, pero siempre con afecto.
Hoy ha regresado y me ha sorprendido en el mismo lugar, a la misma hora. ¿Inmovilismo? ¿Estancamiento? ¿Monotonía? ¿Vocación? Sin respuesta. Miles de preguntas sin respuestas. Me despido.
Vuelvo a mi asiento soleado a continuar con mi lectura. Despliego con avidez las páginas del periódico esperando la gran evasión. Levanto la mirada perdida y noto, en ese instante, cada uno de los surcos de mis arrugas. Envejezco.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

EL COLECCIONISTA DE RUIDOS


No soportaba el ruido. Era una sensibilidad especial que lo hacía capaz de identificar como ruido, sonidos que otros ni siquiera percibían. Dedicaba parte de su tiempo a detectarlos porque, desde lo más profundo de su conocimiento, estaba convencido de que era lo único que le ayudaría a evitarlos. Había confeccionado unos curiosos listados en los que documentaba con absoluta precisión toda clase de ruidos y explicaba donde encontrarlos. Como si fuera una colección de cromos los ordenaba, los clasificaba atendiendo a diferentes escalas: frecuencia, nivel, cercanía…Si los consideraba más difíciles de catalogar, creaba detallados dibujos que ilustraban los márgenes del documento. Incluso establecía comparaciones entre los ruidos de su propia ciudad y los de otros lugares lejanos, exóticos y desconocidos. Había intentado ponerse en contacto a través de Internet con otros coleccionistas de ruidos pero le había resultado en vano: nadie conocía más ruidos que él.
Una cálida tarde de primavera, salió a pasear con las manos desnudas, venciendo a duras penas la tentación de llevar entre sus dedos el cuadernillo de notas en el que habitualmente anotaba los primeros registros de un nuevo ruido, intrigante y estentóreo. Decidió mirar, contemplar con detenimiento aquel paisaje por el que caminaba. Sus ojos, de mirada transparente, se posaban aquí y allá intentando concentrar toda su atención en los colores y en las formas. Pero solo veía ruidos. Ruidos que ya conocía, que tenía catalogados y registrados con todo detalle. Probó luego a tocarlo todo, a entretener sus manos,  primero con su propia chaqueta, después palpó sin cesar las máquinas expendedoras de refrescos, los cristales de los escaparates, las hojas de los árboles, los graffiti de las paredes. Incluso se atrevió a rozar disimuladamente los brazos de los transeúntes con los que se cruzaba, las espaldas de las señoras que iban por delante. Pero solo tocó ruidos. Se armó de valentía y  como un sabueso comenzó a olfatear. Su nariz se llenó de salsa de tomate, de helados con nata, de contenedores de vidrio, de cafés y mantequilla, de rosas y de humedad. Tuvo incluso la sensación de haberla sumergido tanto en las alcantarillas que por un instante le pareció no oler ruidos, pero solo fue un instante.
Entonces decidió volver a casa.  Se derrumbó en el sofá y pensó desesperadamente que lo único que le quedaba por hacer era arrancarse los oídos, trocear sus orejas y taponar los agujeros para siempre. En ese instante identificó un ruido desconocido y se lanzó sobre su cuaderno de notas como una rapaz. Empezó a buscar entre todos los registros que tenía para comprobar que no figuraba en su amplio catálogo y regresó a la calle siguiendo como un perro rabioso el rastro. Esta vez se le resistía; después de horas caminando regresó rendido a su sofá. Se le había escapado el ruido. Era la primera vez que le ocurría.  Intentó descansar sin lograrlo.
Al día siguiente salió de nuevo a la calle con el firme propósito de no regresar sin el informe completo de aquel escurridizo ruido. Llevó consigo sus catálogos, sus informes, sus dibujos y, como envuelto en la locura, preguntaba a todo aquel que se cruzaba. Les mostró sus registros ilustrados, sus clasificaciones, sus fichas de los ruidos. Muchos rehuían asustados, haciendo aspavientos con las manos. Algunos se interesaban por ciertos ruidos que les eran familiares o con los que se habían encontrado aquí o allá.
 Poco a poco se contempló a sí mismo hablando a otros de  sus ruidos, leyendo  atentamente catálogos de ruidos que alguien le enseñaba, aprovechando su búsqueda para localizar ruidos de un extraño  y se sintió aliviado.  Casi sin darse cuenta empezó a notar el cigarrillo que llevaba en su mano, los olores de la primavera, la ternura de los ojos que lo miraban. Y se dio cuenta también, de que seguía sin soportar el ruido, pero ya no le importaba.
Ángela Gutiérrez
Febrero 2011

AGOSTO

La noche era corta. Pronto empezaría a clarear y las estrellas del luminoso cielo de agosto se apagarían. Desde la ventana de la habitación podía oírse el mar. Las cortinas de lino blanco se movían al compás de tus pasos y un aire cálido cubría tu cuerpo casi desnudo.  Me besaste al tiempo que te ponías una camiseta y te tumbaste en la cama, a mi lado. Aún recorría nuestros cuerpos el sabor del sexo. Tenías hambre. Muy a lo lejos se escuchaba la sintonía de los matinales más madrugadores de la radio y todo comenzaba a amanecer.
Te giraste levemente hacia mí y sentí tu mano suave entre mis piernas. Tus labios jugosos exploraban mi cuello  y al llegar a la altura de mi ombligo me ofrecieron un zumo de naranja. Por supuesto, lo acepté. Me quedé dormida. Me despertó el aroma apetitoso de unas tostadas. Tus labios ya estaban tan lejos que casi no recordaba el sonido de tus palabras.  Sin quitarte las gafas, alzaste tu mirada y la clavaste en mí complaciente. El sonido del mar se había diluido. A los pies de la cama, una maleta oscura, nos devolvía al presente.  Cuando me incorporé me encontré frente a un enorme ventanal con las majestuosas montañas  al fondo. Era el último día de mis vacaciones.
Ángela Gutiérrez. Enero 2008

El Abuelo

Ruido de pisadas, de pisaditas pequeñitas llega a sus oídos. Recostado en su trono de mimbre, Manuel se incorpora para recibir a su nieta. Es media tarde. Ya se ha aseado. Siente la cara suave después de pasar la cuchilla de afeitar por su rostro, estirando bien unas profundas arrugas que cada día le cuesta más apurar.
Sin levantarse del sillón, de espaldas a la chimenea, se gira con los brazos abiertos para dar un abrazo a la pequeña que ha cruzado la casa con las manos llenas de piedras brillantes  que se desparraman por el suelo hidráulico  al abrazar a su abuelo .
Los ojos de Manuel ya no son capaces de ver nada más. Intenta abrirse paso entre la atropellada conversación de la nieta para proponerle una historia. Por fin consigue centrar la atención de la niña que, muy diligente, va hacia la cocina y regresa con dos hermosas manzanas y un plato.
La voz gastada de Manuel comienza a susurrar una historia de castillos y dragones, de soldados y caballos, de castillos de irás y no volverás. La niña, por fin, decide sentarse; coloca el rostro entre sus manitas. Escucha atenta los relatos del abuelo sin perder de vista sus manos abriendo fácilmente una curtida navaja con las cachas de madera rojiza. Manuel arranca su historia de la misma manera que comienza a pelar la manzana: muy, muy despacito, amoldando el ritmo de sus dedos a la entonación mágica de sus palabras. Es capaz de inventar historias con la misma habilidad con la que pela manzanas.
Sobre el plato, va cayendo ordenada la piel rojiblanca de la manzana, igual que las palabras se depositan en la imaginación de la pequeña que, con el brillo de sus ojos, muestra sus ansias por conocer el final.
Un suspiro; un suspiro recorre sus cuerpos y sus mentes: la piel de la manzana ha salido de un solo golpe, de una sola pieza y la historia ha llegado a su fin. Los ojos de la niña se salen de sus órbitas. Por fin puede dar un buen mordisco a la manzana
Ángela Gutiérrez. 1998

A los Floritos

A los Floritos…
He descubierto nuevos seres. Me he encontrado con ellos por las miradas; unos ojos grandes que parecen fijarse en todo, que no dejan escapar ni el más sutil de los detalles de este mundo. Las pupilas dilatadas, los párpados bien abiertos y un universo en su interior. Tienen  enormes orejas, pero aún más gigantes son sus oídos. Yo diría que son como esas personas a las que todo les gusta.  Los he visto bailar, enredar sus piernas entre las de sus parejas tejiendo una maraña de complicidades y afectos. Los he visto llorar, abrazarse y llorar para luego alejarse en la más terrible de las distancias. Los he visto acompañados de mascotas con grandes ojos abiertos y vivaces. Los he visto cargar con otros más pequeños sobre sus hombros, sentados en el cuadril, cogidos de las manos o de las cinturas. Los he visto de cientos de colores, con zapatos y sin ellos. Los he visto estirarse para tocar el cielo y segundos después encogerse casi hasta desaparecer. A algunos he conseguido verles las manos; grandes manos extendidas mucho más allá de lo que sus brazos les permiten y casi siempre abiertas. Me he fijado en sus rostros, en sus cuerpos, en sus piernas… Una vez me dirigí a uno de ellos, se inclinó hacía mi, me miró con sus penetrantes ojos e hizo un leve movimiento con sus orejas. Me quedé absorta. Lo miraba y lo miraba y no conseguí descubrir su boca. Buscaba impaciente  por su rostro el más mínimo rastro de unos labios y me aterroricé. Con todo lo que me ha contado, con todo lo que sé de él ¿cómo es posible que no hayamos necesitado ni una palabra? Sonreí, me sonrió y descubrí una flor que a todos les crece en su cabeza. ¿Qué más hay qué decir?
Ángela Gutiérrez